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Domingo, 5 de marzo de 2006
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EL CANDELABRO
Traviata
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Ya lo dicen en las bodas: el que tenga algo que objetar que hable ahora o que calle para siempre. Chenoa calló en su día. Y parecía que iba a ser para siempre. Pero ahora, sin venir a cuento, esta defensora a ultranza de su privacidad se descuelga con unas declaraciones en las que afirma que se enteró de su ruptura con Bisbal igual que se enteran algunos políticos de sus propias decisiones: por la prensa.

Cuando te has erigido en feroz guardiana de tu vida íntima y te has hartado de proclamar que tu privacidad es un castillo inexpugnable, no procede que un día, quizá porque sopla el siroco, te dé por desnudarte entera, de cuerpo y alma, y acabes confesándolo todo, sin necesidad de tortura. Porque de Chenoa se espera que cante. Pero como una profesional, no con el descontrol de un mafioso arrepentido, de ésos que en cuanto los pillan cantan hasta la Traviata.

Y dice, mientras posa atravesada por las flechas de Karina o de Cupido, que su Bisbal la dejó sin previo aviso, que se llevó el palo de su vida y que fue una ingenua al asegurar entonces que no había terceras personas. También recalca que no es amiga de su ex novio y que cada uno sigue su camino. Esto es obvio, pues mientras ella se despachaba a gusto sobre temas íntimos, él recogía muy digno y discretísimo la medalla de Andalucía.

Dicen que la venganza es un plato que se sirve frío, pero en las dolidas confesiones de Chenoa, pese a que ya tiene otro novio, se intuyen ciertos rescoldos aún no del todo apagados. Esa repentina franqueza se habría comprendido mejor en su día, como desahogo. Pero hoy, volver a aquello suena a rencor. Con su 'desnudo', Chenoa no sólo ha dejado de ser creíble en su cacareado hermetismo, sino también en su autoproclamado coraje, pues no hay nada más cobarde que el despecho.



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