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Lunes, 6 de marzo de 2006
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Hacia una sociedad intercultural
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Los graves atentados provocados por el terrorismo de la yihad global, que venimos sufriendo en los últimos años, han vuelto a sacar a escena, especialmente en Europa, el debate sobre la viabilidad de las sociedades multiculturales, los conflictos derivados de la diversidad cultural endógena o exógena, así como la integración de las distintas oleadas de los flujos migratorios en el mundo y las desigualdades socioeconómicas que las provocan. Pero, fundamentalmente, están poniendo de manifiesto el fracaso de un modelo colonial de sociedad multicultural que hasta ahora parecía la solución política aportada en las grandes ciudades del mundo occidental a los conflictos derivados de la diversidad cultural y de los flujos migratorios.

Las soluciones normativas propuestas por el multiculturalismo han manifestado importantes limitaciones políticas. La opción política del multiculturalismo ha servido hasta ahora para situar una cultura al lado de o frente a otra como piezas decorativas en las vitrinas de un museo. Ha ofrecido la posibilidad de alcanzar una mera y superficial yuxtaposición de culturas, un estéril eclecticismo o una simple imitación de folklores culturales. Pero, en la práctica, ha provocado un cierre simbólico de fronteras identitarias e, incluso, ha condenado a los seres humanos a vivir cercados en guetos culturales, religiosos, étnicos, urbanos o comunitarios en general, con el equívoco pretexto de preservar su identidad. Se ha fomentado indirectamente la demagogia de la pertenencia exclusiva que constituye, a su vez, un caldo de cultivo para el rearme ideológico de los fundamentalismos étnicos y religiosos y del integrismo culturalista. De esta manera, las actuales sociedades multiculturales han seguido reproduciendo las relaciones jerárquicas, de dominación, dependencia y exclusión que tradicionalmente se han dado entre las culturas y los pueblos. El multiculturalismo sigue reforzando la desigualdad y el resentimiento entre los seres humanos pertenecientes a culturas hegemónicas o a culturas dependientes. Además, la ideología política multicultural ha legitimado, al menos indirectamente, la creciente regresión cultural y el repliegue identitario que sufren nuestras sociedades postindustriales, tras lo cual se enmascara la pretensión de dominación de un modelo económico y cultural único y monolítico. La mirada hacia el pasado, hacia las raíces étnicas o hacia la religión transmitida se convierte en la única salvación del individuo aislado, humillado o excluido, provocando una especie de identidad sustitutiva, de refugio o de resistencia y, en el peor de los casos, de resentimiento que, como la experiencia demuestra, suele ser fuente de fanatismo. Pero el auténtico fracaso del modelo de democracia multicultural radica en que las opciones normativas del multiculturalismo siguen aplicando una solución colonial y hegemónica a un contexto mundial que ya no se debería manejar con las estructuras éticas y estéticas de un modelo agotado.

Creo que la alternativa hay que buscarla en esquemas y conceptos postcoloniales, como la opción por la interculturalidad en el marco de unas estructuras políticas plurales y laicas. El término interculturalidad comenzó a utilizarse en el ámbito de la práctica educativa crítica, pasando después a otros ámbitos como la antropología social, la filosofía y la teología. Desde el punto de vista normativo, la novedad de la interculturalidad radica en la aceptación de la transversalidad de la diferencia cultural, que pretende la integración de las diferencias culturales en todas las políticas normativas, superando la mera elaboración de proyectos legales destinados específicamente a la preservación de aquéllas. La política intercultural afronta la relación entre las culturas sobre la base de la igualdad entre ellas y no de la superioridad jerárquica, por eso conlleva una valoración positiva hacia la comunicación y la interrelación entre culturas. Ésta es la razón por la cual las trasformaciones propuestas desde una política intercultural se articulan desde el 'exterior' o desde la 'excentricidad' de elementos culturales, racionalidades, conocimientos y modos de vivir que han sido ocultados o marginados por las culturas dominantes.

La interculturalidad es un concepto relacional que remite a convivir e interactuar con la pluralidad del mundo, constatando el enriquecedor mestizaje y la inevitable contaminación existente desde siempre en las pretendidas culturas o religiones puras. Permite considerar los procesos culturales como procesos de comunicación intersubjetiva o como procesos históricos abiertos. De esta manera podemos ser conscientes de la relatividad de las diferentes opciones culturales o éticas del mundo, sin caer en el relativismo o en el nihilismo. De esta manera, evitamos también caer en la trampa de pensar que el conflicto social se plantea sólo o principalmente en términos culturales e identitarios. Por eso, la opción intercultural no puede formularse como un concepto sustantivo que pudiera aportar una respuesta dada definitivamente, sino como un punto de partida que nos permite afrontar los conflictos sociales de una manera diferente y enfocar positivamente las distintas maneras de entender la autonomía de la dignidad humana y sus derechos, rechazando los planteamientos de enfrentamiento o guerra entre culturas que tan sólo se pueden resolver con la derrota de los adversarios.

Una política intercultural no sólo ha de invitarnos al diálogo, sino también a facilitar la integración social de todos en pie de igualdad, sin caer en una apología de lo que nos separa. En un mismo contexto social y político, se trataría de que las instancias públicas fueran capaces de abrir vías para el mestizaje cultural y la transacción entre las diferentes culturas, sobre la base de la construcción de reglas y compromisos comunes de carácter transcultural. La opción intercultural podría facilitar la creación de mecanismos políticos y económicos de integración con respeto a las diferencias y abrir el camino para una política justa, inclusiva y solidaria de la ciudadanía, donde todos tengamos cabida. Se trata de proporcionar a los 'otros' un espacio para la convivencia social, pero sin perder el punto de referencia del interés general y el bienestar de todos. Porque éste no es sólo un problema de solidaridad, sino de bien común, ya que mantener a gente separada o excluida por el color de su piel o por la religión trasmitida y en precarias condiciones laborales, económicas y sociales, además de ser una injusticia, afecta también a la calidad de vida de nuestras sociedades democráticas. El mejor camino para salvaguardar el bien común es el ejercicio del poder compartido.

Una política intercultural ha de trabajar a favor de un intercambio entre las diferentes maneras que los seres humanos tenemos de relacionarnos con el mundo, en contra de la radicalización cultural y religiosa y a favor de la ayuda mutua en un espacio común de convivencia social. La solidaridad y la reciprocidad en el reconocimiento entre las diferentes culturas, el desarrollo y la corrección de sus desigualdades sociales, educativas y económicas es el principal punto de partida. Nunca se insistirá lo suficiente en que, mientras persistan las grandes desigualdades planetarias y el colonialismo económico, cultural y tecnológico -que produce una falsa apariencia de unificación mundial-, difícilmente se podrá alcanzar un escenario propicio para el diálogo y el entendimiento -o, en su caso, la alianza- entre las diferencias culturales, así como para poder construir modelos socioculturales más amplios y mestizos.

Es conveniente insistir una y otra vez en la necesidad de consensuar, en el plano económico, un nuevo modelo de crecimiento más allá del aumento cuantitativo de la producción y del consumo, así como una nueva definición del desarrollo humano y de los pueblos. Pero, para alcanzar esta meta sería imprescindible que las grandes potencias mundiales como Estados Unidos, Rusia, China, la Unión Europea, Arabia Saudí y el resto del Mundo Árabe se impliquen directamente en esta tarea y se conviertan en defensoras de un nuevo tipo de desarrollo social, económico, educativo y medioambiental, en el horizonte de la inclusión del 'otro' y del diálogo entre las culturas.



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