El Correo Digital
Martes, 7 de marzo de 2006
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CULTURA
DESDE EL KODAK THEATRE
El espectáculo de las emociones
El espectáculo de las emociones
Paz Vega y Morgan Freeman ruedan juntos estos días. /EFE
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Asistir, en veinticuatro horas a eventos tan dispares como el Lebowski-Fest, un homenaje anual a la película de los Coen en una bolera de extrarradio con disfraces estrafalarios, karaoke y garrafa, y la 78 entrega de los Oscar te hace sentirte el protagonista de una modernizada y abaratada Divina Comedia, en la que no sabes si vas del infierno al cielo o viceversa. En cualquier caso, en cualquiera de los dos polos extremos el denominador común brilla desde lejos.

Y es que los norteamericanos tienen el sentido de espectáculo en las venas. Saben ser brillantes en el dominio de la escena y brillar en la torpeza. El karaoke de la bolera era un cúmulo de propósitos. Los que lo hacían bien lo hacían realmente bien (lo que siempre multiplica la dimensión trágica de los karaokes) y los que lo hacían mal conseguían desatar la potencia cómica de un sketch cualquiera del 'Saturday Night Live'.

Es al volver a España, o al leer las crónicas en Internet o en las revistas especializadas cuando descubro lo que ha fallado cada año en la entrega de los Oscar. Lo descubro en ese momento porque desde las butacas del Kodak Theatre la perfección del mecanismo es apabullante. No olvidemos que es el único momento televisivo universal que regala una vez al año segundos de altas cotas de audiencia no sólo a estrellas internacionales, sino también a absolutos desconocidos, técnicos, artistas en la sombra, productores, gente que no debería saber estar ante la cámara pero que consiguen estar perfectos en su inexperiencia.

Ahí es donde los Goya se topan con una muralla genética. Donde aquí los agradecimientos en general son sosos, sensibleros, desmedidos y a trompicones, allí hasta el más sinsangre consigue provocar las ternuras y sonrisas del respetable. Un respetable, compuesto en su mayoría por académicos veteranos votantes que aplaudían y vitoreaban en mayor o menor intensidad a los nominados en las categorías más oscuras, como 'mejor cortometraje de imagen real', emocionalmente implicados con algunos más que con otros. Importándoles.

El murmullo ante la emocionada confesión de Robert Altman de haber sufrido un trasplante completo de corazón, las manos cruzadas ante el ahogado discurso de Reese Witherspoon, las risas ante la mordacidad de Jon Stewart y, lo que es más valioso, los jubilosos «uuu-uuu» cuando se pasaba tres pueblos (algo que, y aquí va mi denuncia, nunca nadie se ha pasado tres pueblos en los Goya) convirtieron la gala en el enésimo espectáculo de las emociones.

En el triunfo del corazón, la lágrima, la rabia y el aplauso. Aunque tampoco nos pasemos, este año ha sido el primero en el que no había barra libre en el 'lobby', ante las deserciones en masa en la segunda mitad de la ceremonia. El alcohol derriba cualquier muralla genética que se ponga por delante.



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