Las cuentas no salen o salen mal: en esta ciudad hay cada vez más coches y menos sitio para dejarlos en paz, anomalía contable que debería dar que pensar a los responsables de este desmadre cotidiano que llamamos tráfico. Tengan en cuenta que en esta ciudad hay un coche por cada dos habitantes, que es como decir que hay más jefes que indios, más ruedas que piernas o más motores que pulmones. Ya estamos en el futuro, damas y caballeros: los seres humanos vamos camino por fin de no ser sino apéndices del coche, rey y señor de la tierra firme.
Pero, insisto, es que además no sabemos dónde dejar esos artilugios mecánicos. Lo ocupan todo, lo dominan todo, usurpan el espacio y, cuando puedan volar, ya no saldrá el sol ni por Antequera. En Vitoria, las obras y peatonalizaciones del centro han eliminado nada menos que 1.056 aparcamientos en los últimos cinco años. Mientras tanto, se socava el terreno, se explora el subsuelo y se busca acomodo a los monstruos de metal hasta que un día el asfalto ceda y nos convirtamos en náufragos de tierra firme. Esto es una locura, si se me permite decirlo.
Un coche por cada dos habitantes. Es una proporción que, al paso que vamos, puede convertir a los humanos en seres extravagantes rodeados de máquinas absurdas. Deberíamos tomarnos en serio este asunto antes de que sea tarde, si no lo es ya.
Y es que no podemos estar durante toda la vida haciendo sitio para tanto juguete mecánico. Ustedes juzgarán este comentario como una fábula futurista de índole sombría. Ojalá tengan razón.
c.p.uralde@diario-elcorreo.com