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Sábado, 11 de marzo de 2006
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CULTURA
FRANCESCO ALBERONI, SOCIÓLOGO
«Vivimos en la dulzura de la decadencia»
El ensayista italiano, que ha visitado Vitoria, alerta sobre lo efímero de las lealtades y el debilitamiento de las pasiones
«Vivimos en la dulzura de la decadencia»
ESTUDIOSO DEL AMOR. Francesco Alberoni, fotografiado ayer en la catedral de Vitoria. / IOSU ONANDIA
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TRAYECTORIA
Nació en Piacenza (Italia), en 1929.

Formación: Estudió Medicina y se formó en el psicoanálisis en la Universidad de Pavía. Más tarde, se licenció en Sociología, campo en el que ha desarrollado toda su actividad académica e intelectual. Ha impartido clases en Italia y Suiza, y ha sido rector de Universidad.

Obras: Saltó a la fama como articulista en 'Il Corriere della Sera', periódico en el que mantiene un artículo semanal. Luego, su texto 'Enamoramiento y amor' se convirtió en un best-seller. Ha escrito una veintena de libros sobre los sentimientos. Acaba de publicar 'Sexo y amor' (Gedisa).

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Vivimos en una sociedad en la que las pasiones se han suavizado, las lealtades son efímeras e impera la fragmentación. Francesco Alberoni (Piacenza 1929), el ensayista que mejor ha desarrollado una sociología del amor y los sentimientos, piensa que Occidente es testigo ahora de la efervescencia de Oriente, que vive impulsos similares a los que se dieron en Europa en los siglos XVIII y XIX. «No estamos en el fin de una civilización», asegura en esta entrevista Alberoni, que ha viajado hasta Vitoria para cerrar el ciclo de conferencias 'El arte de vivir', organizado por la Fundación Catedral Santa María.

-¿Son los sentimientos o el dinero lo que mueve el mundo?

-Ambas cosas. Los intereses económicos tienen mucha fuerza. El ser humano busca el poder económico, porque da lugar al político y puede permitir también la conquista de otras cosas, como el amor. Pero hay gente que pone en riesgo incluso su vida por las pasiones, y eso es algo que no se explica en términos de poder económico o político. Los economistas buscan explicaciones económicas a las guerras pero a mí me interesan las pasiones, el deseo de los hombres de ser superiores, el dominio en el sentido hegeliano.

-¿Está hablando también de la envidia?

-Sí, porque cuando dos personas son iguales, si una de ellas tiene envidia de la otra, puede llevarla a concebir una pasión violenta. Hablo de pulsiones en las que prevalece la pasión sobre el cálculo económico. No todo es economía en el comportamiento de las gentes. Muchas veces se hacen cosas precisamente contra el interés económico. El cálculo económico, por ejemplo, tampoco nos explica por qué hay gente dispuesta a morir por una idea.

-Habla de pasiones, pero parece que vivimos la primera etapa en la historia en que las grandes pasiones, por ejemplo el amor, tienen fecha de caducidad.

-No es la primera vez que eso pasa, aunque sí lo es en las grandes civilizaciones. En las sociedades donde hay poligamia, el supuesto del que se parte es que el amor no dura eternamente. Ahí se da un fenómeno curioso: un hombre se casa con una mujer, luego con otra y con otra. La última será siempre la preferida en cuanto a los afectos. Pero para la organización de la casa la jerarquía es diferente: la primera esposa ya no es la favorita, pero tiene el principal papel económico, gestiona el hogar. Allí, lo que dura para siempre no es el amor, sino el deber; el deber que tienen unos para con otros.

-¿Y en Occidente?

-En Occidente, hoy se descomponen los lazos familiares. Entre otras cosas por la autonomía económica del hombre y de la mujer. Ahora ya no dependen el uno del otro. La caída de la natalidad ha supuesto la liberación de la mujer. Pero esto tampoco es algo nuevo. Ya pasó durante la etapa final del Imperio Romano: las mujeres apenan tenían hijos. En cambio, los bárbaros tenían muchos.

-¿Qué significado social tiene el crecimiento continuo del número de divorcios?

-Una sociedad puede acabar con los divorcios por el simple procedimiento de que la gente no se case. Muchos establecen una convivencia no matrimonial precisamente para evitar las complicaciones del divorcio. Todo esto se relaciona con la crisis de cualquier tipo de lazo duradero. Lo que se da en Occidente es una proliferación cada vez mayor de lazos débiles; también en el trabajo, por ejemplo. Ya no hay gente que está toda la vida en una empresa. La lealtad ha disminuido en todos los órdenes: entre amigos, con la empresa, entre los amantes, con la religión, el partido político...

-¿Qué consecuencias tiene eso?

-Estamos en una sociedad que se descompone lentamente. Y lo hace por un interés a corto plazo. Mire lo que pasa con las regiones europeas que quieren una mayor autonomía respecto de sus estados. Es el caso de Cataluña ahora. Si no comparte parte de sus riquezas con el resto, obtiene un beneficio inmediato, pero pierde a la larga.

Valores y felicidad

-Parece que hay relación directa entre esa crisis de los sentimientos duraderos, de los afectos, y una cierta decadencia de Occidente.

-Decadencia o fragmentación. Antes había un impulso para unirse, ahora lo hay para separarse un poco. Y eso sucede en los países pero también entre la gente considerada de otra manera, y no sólo por su procedencia nacional. El Partido Comunista gritaba antes: 'Proletarios del mundo, uníos'. Ahora, es el Islam quien grita: 'Musulmanes del mundo, uníos'. Para ellos, es un momento de unificación pasional, mental, económica... con un enemigo común.

-Un enemigo, se supone que nosotros, dividido.

-Nosotros no estamos en la misma fase que ellos. Aquí ahora hay fragmentación, y en otros lugares exactamente lo contrario. Pero quiero llamar la atención sobre una cosa: la India prácticamente apenas ha sido un país unido e independiente a lo largo de su historia, hasta hace sesenta años. Durante todo ese período anterior fue un país muy tolerante. Ahora que está unido, empieza a registrar brotes de intolerancia.

-En un mundo con lazos débiles y pasiones efímeras, ¿en qué consiste hoy ser feliz?

-Todo lo que acabo de decirle no debe entenderse en el sentido de que la gente hoy no es feliz. El divorcio no supone la infelicidad. Todo lo contrario: puede suponer que se pone fin a una situación de infelicidad. Eso sí, quizá haya menos pasión, menos sentimiento pasional. Con esto pasa como con las crisis económicas: Italia se empobrece, pero la gente vive bien. En eso consiste la dulzura de la decadencia. Vivimos en ella. Y desde luego, las fases expansivas, con fuertes valores y lazos, no suponen que la gente sea feliz. En los años treinta, la URSS era poderosa, el país estaba en fase de construcción, con sólidos valores, pero había 'gulags'. Pasa ahora con el Islam: tiene valores muy sólidos y claramente definidos, pero produce gran sufrimiento.



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