Cuando Matthias Jörger se presentó en el INEM de Vitoria para buscar trabajo le miraron con ojos de búho. ¿Profesión? Deshollinador. Como el oficio no aparecía en el listado informático marcaron el aspa en la casilla de los fontaneros. Así que le llamaron alguna vez y hubo de confesar la verdad. «Si yo no tengo ni idea de poner un retrete».
Efectivamente, Matthias es deshollinador con el título de maestro conseguido en Bremen, su ciudad natal alemana. Allí entró como aprendiz a los dieciséis años, cumplió tres ejercicios como meritorio, estuvo uno de empleado en uno de los distritos que dividen la ciudad y después cumplió los quince meses de mili. De haber continuado allí llevaría «dos o tres años como maestro de distrito, igual que mis compañeros de promoción».
El 'podría haber sido y no fue'. Porque la vida -de acuerdo con la forma de verla de Paul Auster-, es decir, el imperio de la casualidad, le tocó en el hombro. Era 1995 y viajó en autobús -hace aspavientos de horror mientras lo cuenta- desde Francfort hasta Madrid. Iba con un grupo de amigos que decidieron un lunes desplazarse a la cercana Toledo. Pero Matthias andaba cansado de tanto trajín, no les acompañó y decidió dar una vuelta por las calles de la capital española.
Ese desapego circunstancial de la cuadrilla le marcó el porvenir. Caminaba solo y se topó con su actual esposa. De haber acompañado a sus colegas, Jörger sería el deshollinador 'dueño' de un sector en Bremen. «Mi mujer mantiene la versión, y vamos a creerla» -mucha sorna en su relato-, «de que me confundió con un amigo francés».
Y ya se sabe. Que si tal, que si cual... Al año siguiente el protagonista estaba en Vitoria y en 1998 se casó con Zenaida. Ambos comparten un piso en la calle San Antonio con la abuela de ella (101 años) y mantienen una casita en el pueblo de Mendixur, donde Matthias guarda sus herramientas de trabajo: la aspiradora, la cuerda con distintos cepillos para hurgar por las chimeneas...
Por el anillo
«¿La razón por la que estoy aquí? Sólo hay una». Y se señala el anillo de matrimonio. Recién llegado se alistó seis meses en la Mercedes y después se fue aproximando a su modo de vida porque trabajó tres años en una empresa guipuzcoana de calderas y calefacción. Hasta que vio el hueco inmenso de su especialidad en Vitoria y decidió establecerse por su cuenta. «Trabajar por libre es más agradable».
Nadie revisaba las chimeneas en la capital alavesa «y eso crea problemas de funcionamiento en las calderas». Matthias realiza «análisis de la combustión para ver si hay pérdidas de calor y las emisiones contaminantes». En Alemania se trata de «un oficio reconocido» y todas las casas deben pasar una evaluación anual «con las tasas fijadas».
Jörger es su patrón y su obrero desde 2001. «Los primeros años fueron difíciles, pero desde 2004 tengo mucho trabajo». La temporada alta arranca en octubre y concluye hacia Semana Santa. Como funciona en régimen de monopolio se le recomienda cada vez más. «La gente aquí ya está valorando lo que hago porque nota que dejo todo limpio y que sé de lo que estoy tratando».
Viaja a Bremen cada septiembre y permanece todo el mes. Visita a sus padres y, de paso, «ve cómo se desarrolla el oficio para no perder contacto con el gremio». Bremen es una ciudad de 550.000 habitantes al norte de Alemania, sin apenas edificios altos. A Matthias le gusta, tanto como le agrada Vitoria. «Cuando llevo allí tres semanas me aburro».
No aprecia diferencias entre los modos de vida allí ni aquí y, desde luego, tampoco en el clima. «La única es que en Vitoria se hace más vida en la calle y en Bremen, más en las casas». Lo dice todo en un castellano perfecto, que conoció junto a su familia en Caracas y aprendió una hora semanal en Alemania. Echa en falta la cerveza de su país, «aunque aquí la encuentro a precio de oro», y no se plantea más mudanzas. Nació el 28 de abril de 1967. «El día de San Prudencio, así que estaba predestinado a vivir aquí», bromea.