La primera vez que Pilar -nombre ficticio de la madre afectada que ha pedido ocultar su identidad- encontró una 'china' de cannabis en el bolsillo del pantalón de su hijo mayor, preguntó ingenuamente qué era aquello que ya había visto antes en una mochila. «Castañas», le respondió el mayor, que entonces tenía 14 años. «Se tuvo que reír porque yo me lo creí», confiesa un poco avergonzada. No tenía ni idea de que el mundo estaba a punto de hundirse bajo sus pies. Las drogas para ella eran algo maldito y marginal, en cuyo consumo caía otra gente.
Pilar, que actualmente tiene 50 años, no lo entendía. Una familia normal, con dos hijos muy queridos, sin problemas económicos, de repente se ve sometida a una situación límite a partir de que sus hijos fuman drogas ilegales. «Los padres somos los últimos en enterarnos de todo. Mi hijo nunca me lo reconoció. Tuve que recurrir a otras personas para enterarme. Ellos siempre mienten».
«NO LE DAN IMPORTANCIA»
En realidad, los adolescentes no le dan importancia a lo que hacen. Lo ven todo normal. «Aunque les pilles, te lo niegan o te dicen que controlan y que lo pueden dejar en cualquier momento. En casa aparecían móviles, trapicheaban con aparatos músicales, desaparecía dinero y siempre eran cosas de amigos. Nunca de ellos», cuenta Pilar.
LOS ESTUDIOS Y LOS AMIGOS
Hasta los 14 años el mayor era un chaval de sobresaliente. Iba muy bien en los estudios. Pero cuando empezó a fumar repitió 2 cursos. El carácter les cambia. «Lo achacas a la adolescencia. Se volvió más agresivo, más distante, empezó a no querer estar en casa. No te cuenta las cosas. Quieren salir más. Cambian el grupo de amigos. Llega un momento en el que pierden los amigos. No se sabe con quien van o con quien vienen».
LA SOLEDAD Y LA FAMILIA
-¿Este drama lo ha vivido sola?
-Con mi marido. Pero el resto del entorno familiar lo desconoce. Los abuelos, los tíos no saben nada -Pilar llora-. Puede hacer daño a las personas.
HISTORIA DEL PEQUEÑO
«Mi segundo hijo tenía 14 años -ahora cumple 17- cuando se vio implicado en un caso de botellón con unos amigos. Uno de ellos se puso muy enfermo e ingresó en el hospital. Su padre responsabilizaba a mi hijo. Fui a pedir ayuda al Demsac y a poner la denuncia. También lo puse en conocimiento del colegio. Así descubrí que también fumaba porros».
LA CULPA
En estos casos los padres se sienten culpables y se preguntan «¿qué hemos hecho mal, en qué hemos fallado cuando nunca hemos abandonado a los hijos? Yo voy a todas las reuniones del colegio. He aprendido euskera por ellos. Estoy encima de las notas, de lo que les ocurre. No soy de las que dedican poco tiempo a los hijos porque trabajan. Me llegaron a decir que los tenía sobreprotegidos».
LA TERAPIA
El equipo de expertos de Hazgarri, el programa de prevención de drogodependencias de la Fundación Jeiki, ubicado en la calle Ignacio de Loyola, fue el primero que escuchó la historia de Pilar. «Compartir con otros padres el problema y pensar que no eres la única a la que le ocurre fue un bálsamo», dice. Los padres llegan desesperados. No saben qué hacer, cómo actuar ante un problema que les supera y del que ellos no son culpables. «En Hazgarri tratamos no de relajar el problema sino de relajarles a ellos y que no se asusten. Después hay que poner unos límites y tener claro que el mensaje es 'drogas, no'», asegura Noemí, psicopedagoga de Hazgarri. De los dos hijos de Pilar, uno de ellos, el más joven, sigue también una terapia familiar con su madre en el centro.
LOS PROFESORES
Ha habido dos posturas. Una, el colegio del mayor, de no implicación para nada, y otra, con el menor, en el que se han volcado. «El profesorado está tan desorientado como nosotros. Comienza a implicarse en una batalla que es de todos», dice Pilar, que hace tres años volvió a trabajar y ya no se siente «tan sola» en su lucha.