Al llegar a cierta edad, los ciudadanos varones cobran su jubilación, por lo general insuficiente, pasan unos cuantos días deprimidos o eufóricos según psicologías y se encuentran una mañana con el mundo encima y sin nada que hacer. Algunos se apuntan a actividades que les mantengan en forma, otros se afilian a la cofradía del no hacer nada de nada, los demás asumen la custodia provisional de sus nietos y se convierten en sus guardaespaldas aún teniendo las espaldas doloridas por años de trabajo, y los demás dedican su tiempo a jugar a las cartas en la tasca con un cigarrillo eterno entre los labios y un vaso de vino que les mantiene hasta la hora de comer o de cenar como un combustible imperfecto.
Pero hay otros que se obstinan en reunirse en un lugar para impedir el tránsito del prójimo: su tarea consiste en no moverse de un lugar ni aunque pase por él el ferrocarril. Ocupan un espacio público, deambulan como sonámbulos de un sitio a otro, entorpecen la circulación a posta y mascullan improperios muy sonoros si alguien les afea su conducta. Son los menos, pero son. Vayan ustedes a una feria comercial, por ejemplo, y verán el espacio abarrotado de gente inmóvil que no deja transitar, que observa con mirada opaca los puestos porque no va a comprar nada, que no se aparta ni un milímetro para dejar paso y que organiza amenas tertulias de tema banal en cualquier lugar en el que estorben. Pueden reunirse en cualquier recodo de la plaza, pero sienten un placer especial en hacerlo en el más concurrido y apelan airados a su condición de jubilados en cuanto algún ciudadano le sugiere que se aparten un poco porque le impiden el paso.
Son una minoría de cascarrabias, pero parece que disfrutan poniendo trabas a los demás en la vía pública. Que me disculpen de todo corazón quienes componen la inmensa mayoría de gentes respetuosas, corteses, amables y dignas de elogio que han asumido su vejez con entereza ejemplar, pero hay otros que se comportan literalmente como piedras en el camino. Si algún día llego a viejo, y no me importaría nada llegar sino todo lo contrario, no quisiera ser ese valladar insalvable que se coloca en la ruta para entorpecer el viaje feliz por las aceras y las plazas. Porque, además, no sé a causa de qué tipo de perversión moral, pero parece que algunos viejitos de la tribu disfrutan haciendo valer sus derechos adquiridos entorpeciendo sin necesidad el paso de los demás. Insisto: son una minoría, pero ejercen su tarea con empeño pertinaz y a menudo enervante.
Nada de eso sucedería si los seres humanos, sobre todo los varones de la tribu, no se tomaran el último tramo de sus vidas como una venganza personal contra el paso del tiempo. Si tuvieran en cuenta que aún queda mucho por hacer y que no se trata de esperar al último minuto como si fuera la llegada de un tren. Estamos muy mal educados para vivir los años que nos quedan, que, por lo general, son bastantes más de los que creíamos, y alguien debería decirnos que hay tiempo después de la jubilación si uno sabe gozarlo. No hay nada más triste que un jubilado que, una vez aceptada su condición de tal, abdica de su función de aventurero de la vida y se dedica a ejercer de obstáculo pertinaz caiga quien caiga. Y lo digo por ellos, porque las señoras de la tribu no suelen incurrir en tales desvalimientos emocionales: siguen con las pilas puestas hasta la última hora, aguantando a ese señor enfurruñado al que expulsan con métodos de cortesía variable cuando va a limpiar la casa cada mañana. Tarea que el señor no estará dispuesto a realizar nunca, no vaya a ser que por un accidente fortuito se le caigan los anillos.