Slobodan Milosevic comenzó hace ahora poco más de tres lustros una cruzada a sangre y fuego para levantar la Gran Serbia eslava sobre la realidad política históricamente cuestionable de la Federación Yugoslava, y vino a morir ayer, preso, precisamente cuando los ministros de Exteriores de los Veinticinco discutían en Salzburgo qué hacer con las ruinas económicas y morales de aquel delirio.
El fallecimiento de Milosevic fue una incidencia inesperada para los cancilleres de la UE, sus homólogos de Bulgaria, Rumania y Croacia, y para los representantes de los demás países balcánicos, 33 ministros en total, cuando se encontraban reunidos en la ciudad que un día fue la caja de música del imperio austrohúngaro, para hablar del futuro europeo de los Balcanes occidentales.
Las reacciones fueron en general mesuradas. La presidenta de la reunión, la austriaca Ursula Plassnik, acertó a hilvanar una respuesta coherente, desprovista de agresividad. Dijo que las cosas no han cambiado, y que «Serbia debe romper con la herencia de un pasado en el que Milosevic fue actor destacado». Olvidar el violento ayer, con las guerras de los 90 promovidas en Eslovenia -hoy miembro de la Unión-, Croacia -candidata a la adhesión el año que viene-, Bosnia-Herzegovina y Kosovo constituye «uno de los principales desafíos para la región, de modo que pueda alcanzarse el objetivo final que todos nosotros perseguimos: un paz durable y la reconciliación», decía la ministra austriaca.
Javier Solana, quien en 1999 ordenó, como secretario general de la OTAN, el bombardeo de Serbia en represalia por las exacciones cometidas por las tropas de Milosevic en Kosovo, reconocía haber tenido «durante muchos años una relación muy compleja con él. Forma parte de mi vida». En conversaciones informales, el español reconoce haber vivido momentos de gran dramatismo frente a Milosevic, a quien llegó a espetar, cara a cara: «Tú me estás mintiendo», inmediatamente antes de la campaña del Kosovo.
Juicio en Belgrado
Particularmente emotivo fue el ministro serbio de Exteriores, serbomontenegrino, Druk Draskovic. «Es una pena que no se le haya juzgado en mi país. Organizó muchísimos asesinatos de gente de mi partido y de mi familia. Incluso ordenó varias veces que se atentara contra mi vida. ¿Qué más puedo decir? Que siento que no se le haya juzgado en Belgrado».
Los delirios expansionistas de inspiración nacionalista étnica de Milosevic han impuesto un parón de una veintena de años, hasta ahora, en el desarrollo de la región. En 1990, la Comisión Europea de Jacques Delors estimulaba a la entonces República Democrática Alemana, a Checoslovaquia, a Rumania, a Bulgaria y a Yugoslavia a propiciar una convergencia con Europa.
La ex RDA, como las repúblicas checa y eslovaca, forman parte ya de la UE, y Rumania y Bulgaria se adherirán probablemente el año que viene. Pero Bosnia- Herzegovina, Serbia y Albania permanecen aún en el fondo del pozo, viendo la manera de levantar cabeza.
Los Veinticinco les vinieron a decir ayer que tienen, efectivamente, un futuro en Europa, aunque primero tengan que recomponer todo lo que han roto dentro, para recuperar los visos de unas comunidades organizadas y eficaces. No obstante Francia recordó ayer, y el Consejo asumió el planteamiento, que las nuevas adhesiones no dependerán sólo de la voluntad y los méritos de los adherentes, sino también de la capacidad de la UE para absorberlos.
En septiembre de 1991, tuvo lugar en La Haya una conferencia de prensa en el marco de un proceso promovido por Europa para buscar una salida negociada a la crisis que acumulaba ya un año de combates en Croacia, tras las escaramuzas sobre Eslovenia. Ocupaban la mesa presidencial Franjo Tudjman y Stepe Mesic por Croacia, Alia Izetbegovic por Bosnia, Slovodan Milosevic por Serbia y Radovan Karadzic por la minoría serbia de Bosnia. De aquella presidencia sólo quedan vivos Mesic y Karadzic. El primero es presidente de Croacia y el segundo está en busca y captura. f. pescador @diario-elcorreo.com