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Domingo, 12 de marzo de 2006
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El carnicero de los Balcanes
Milosevic, amado por los suyos y odiado por el resto de las comunidades, llevó a la antigua Yugoslavia hasta la desmembración en su demente aspiración de crear la Gran Serbia
El carnicero de los Balcanes
PODER INCONTESTABLE. Milosevic, durante su época de presidente yugoslavo. / REUTERS
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LOS CARGOS
Milosevic era juzgado por genocidio, crímenes de guerra y contra la humanidad. Fue durante las guerras de Croacia (1991-1995), Bosnia (1992-1995) y Kosovo (1998-1999) cuando presuntamente el ex presidente serbio y yugoslavo cometió estos actos. En total, la jefa de la Fiscalía del Tribunal de La Haya, Carla del Porte, había presentado 66 cargos en su contra.

Genocidio: A Milosevic se le imputaba este cargo -castigado con cadena perpetua- por acciones cometidos en la guerra de Bosnia (1992-1995), que causó un total de 200.000 muertos. La matanza de Visegrad fue uno de aquellos sangrientos sucesos. Soldados del Ejército yugoslavo se llevaron a una mujer que acababa de dar a luz a su hija junto con 45 miembros de una misma familia a un lugar donde les quemaron vivos.

Limpieza étnica: El TPIY le juzgaba por crímenes contra la población de origen albanés de la provincia serbia de Kosovo entre enero y junio de 1999. Además, le acusaba de limpieza étnica cometida en Croacia entre 1991 y 1992.

Asesinato: La Justicia serbia acusaba a Milosevic de instigar el homicidio de su antecesor y mentor político, Ivan Stambolix, en 2004.

Atentado: La Policía serbia le relacionó con el ataque terrorista contra el primer ministro Zoran Djindjic, en 2003.

Delitos económicos: También estaba acusado de malversación de 320 millones de euros de las arcas del Estado yugoslavo entre 1994 y 1995.

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El comienzo de la tragedia de los Balcanes tiene un nombre, una fecha y un lugar. El 28 de junio de 1989, un político serbio todavía desconocido por la prensa internacional viajó al escenario de la peor tragedia militar de su pueblo y prometió a sus compatriotas que nunca más serían golpeados por nadie y que la larga humillación que sufrió la nación había llegado a su fin.

Al cumplirse el seiscientos aniversario de la batalla de Kosovo, Slobodan Milosevic adelantó ante un millón de serbios el futuro de la república. «Hoy nos encontramos nuevamente enfrentados a nuevos combates. Espero que sea una lucha sin armas, pero tampoco se puede excluir que haya que utilizarlas», dijo el presidente.

Dos años más tarde, y en otro aniversario de la famosa batalla que perdieron los serbios ante el Ejército otomano, aviones de la Fuerza Aérea yugoslava bombardeaban las posiciones de los milicianos de la república eslovena, que pocos días antes había proclamado su independencia de Belgrado. Algunas semanas más tarde, sonaban los primeros disparos en la vecina Croacia.

«Es absolutamente normal para el Vaticano, Alemania y Austria acudir en ayuda de Croacia. Para nosotros es algo normal ayudar a los serbios», dijo Milosevic para justificar el apoyo militar que recibieron miles de compatriotas que se rebelaron en contra de la nueva república independiente y la sucesión de guerras que sumió al país en una tragedia.

Perdió todas las batallas

Slobodan Milosevic, cuya década en el poder marcó la desintegración definitiva de Yugoslavia, fue un político que tuvo el raro privilegio de haber perdido todas las batallas que él mismo desencadenó. Las tres primeras -Croacia, Bosnia y Kosovo- acabaron con el país que fundara Tito. La última, las elecciones presidenciales, le costó el poder y la libertad.

¿Cómo recordará la historia, al hombre que fue bautizado por Washington como el 'carnicero de los Balcanes'? Antes que nada, el pueblo serbio ya sabe que Milosevic fue el enterrador de un sueño imposible que ya jamás será alcanzado: la fundación de la Gran Serbia.

Pero el ex dictador también demostró ser, en los trece años que permaneció en el poder, uno de los gobernantes más violentos que recuerde la historia del continente europeo. Más de 200.000 personas murieron en las contiendas que sacudieron al país balcánico en la década pasada y su Gobierno fue generador de una sucesión trágica de contiendas bélicas.

Croacia, Eslovenia, Macedonia y Bosnia lograron la independencia y, peor aún, Kosovo, la tierra santa de los serbios, quedó en manos de los albaneses, mientras que cientos de miles de los compatriotas de Milosevic perdieron sus hogares.

El ocaso político del ex presidente estuvo marcado por la soledad y el instinto de supervivencia. Condenado como un paria por la comunidad internacional, el hijo de padres que se suicidaron para salvar la cabeza de su hijo, al final parecía querer llevar a su propio pueblo a una muerte colectiva, que el mito serbio tiende a retratar como una forma de redención.

Cuando la histeria nacionalista que catapulto a la cima política a Milosevic a finales de los ochenta se esfumó, el dictador se convirtió en un personaje que gobernaba a un país en decadencia. Pero logró aferrarse al poder gracias a una rara habilidad para convencer a su pueblo que estaba rodeado de enemigos mortales.

Primero acusó a los albaneses de Kosovo de cometer un «genocidio demográfico» contra los serbios por su alta tasa de natalidad. Los croatas fueron la reencarnación de los fascistas, los musulmanes de Bosnia, los herederos del imperio otomano; y la OTAN, la encarnación diabólica de Estados Unidos.

El hombre que se describió a sí mismo como el 'ayatolá Jomeini' de Serbia le dijo una vez a su primer ministro, Milan Panic: «Los serbios siempre estarán a mi lado». Durante años lo hicieron, pero, al final, exhaustos de una década terrible, abandonaron al líder y lo expulsaron del poder mediante una inolvidable revuelta popular que destruyó el último pedazo del telón de acero comunista que existía en los Balcanes.

Su obstinación provocó la desmembración de Yugoslavia, sembró la muerte en la región y llevó la ruina a Serbia, otrora un país rico y con amigos en todo el mundo. Un epitafio trágico para un hombre que ayer fue encontrado muerto en su celda de Scheveningen.



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