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Domingo, 12 de marzo de 2006
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ANÁLISIS
El honor
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Milosevic y yo hicimos la guerra, aunque en campos contrarios. Él era amante de la Gran Serbia, el proyecto vindicativo de los grandes dictadores, de los ungidos por la provisión de un destino que está escrito. Por unas horas coincidió su muerte natural con el aniversario del inolvidable Profumo, otro amante puesto al los pies de los caballos de la Historia por la traición cuando en realidad era un chorizo. El problema es que lo hemos matado, que equivale a que se nos ha muerto. El tribunal para los crímenes de la antigua Yugoslavia le ha negado la extremaunción, los santos óleos moscovitas. Posiblemente, la posibilidad de morir con la conciencia de que ya era un muerto antes de morir. Porque se sabe que nadie lo es hasta que no cuenta con un certificado. En En realidad, Milosevic pedía ir a Rusia por lo visto para que se lo diesen. Pero no consentimos porque lo considerábamos un trilero de la historia. Y por eso es ahora un muerto victorioso. Por eso, probablemente, sea un héroe para los serbios, lo que retrasará la entrega de otros serbios criminales, como Mladic o Karadzic y, por eso, el verdugo devendrá en víctima, joder, y su memoria se venerará, dando la razón al poeta que dijo que todos los muertos son buenos. Cuando no es cierto y lo que puede sentirse es lo que decía Kissinger de Somoza, que es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta. Se nos muere, rodeado de viudas tronantes y el juicio, que debería ser universal, del Santo Oficio, condenado a las tinieblas, será unción de caballero para su pueblo. Es lo peor que nos podía pasar. Que el viento sacuda la llama, azorado por su camino errático, pero hunda la nave. Las víctimas nos hacen vulnerables. Al proscrito siempre le queda la grandeza de morir en soledad. A partir de ese momento, no es un criminal ni un mequetrefe, sino un reo del mayor abandono, como un compañero del metal. Yo lo recuerdo bombardeando albano-kosovares y poblando los semáforos de niños mutilados, reventada su alma por un francotirador desde aquellos tejados de una Mary Poppins nacionalista y asesina. Yo he visto las fotos de niños vaciados por la metralla, sentados en una acera a la espera de la muerte, como el que espera un autobús. Milosevic ordenaba estas cosechas de inocentes, los degollaba con su corquete visionario en racimos.

Su muerte parece haber redimido su maldad, pero la estimación vale más que la celebridad, la consideración más que la fama y el honor más que la gloria (Chamfort). Yo no creo que todos los muertos son buenos, pero sí que es preciso que mueran en paz. Probablemente el corazón de Milosevic hubiera reventado igual en Rusia, pero ni yo tendría mala conciencia de su muerte ni los yugoslavos buena de su resurrección. Creo que fue Flaubert quien dijo que la fraternidad es uno de los más hermosos inventos de la hipocresía social.



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