La muerte del ex presidente serbio Slobodan Milosevic en su celda de La Haya desató reacciones contrarias en su tierra natal, Serbia, y a lo largo de toda la región a la que condujo a la guerra hace más de dos años. Simpatizantes del ex presidente calificaron la muerte de su líder de «enorme pérdida» y culparon de la misma al Tribunal Penal Internacional para la Antigua Yugoslavia (TPYI).
Sin embargo, en las antiguas repúblicas yugoslavas de Bosnia, Croacia y Kosovo azotadas por el conflicto alimentado por Milosevic, responsables del Gobierno y ciudadanos civiles aseguraron que su muerte trae justicia a las víctimas.
«Al fin tenemos alguna razón para sonreír, Dios es justo», indicaba entre sollozos de alegría Hajra Catic, presidenta de una asociación de mujeres víctimas de la masacre que en 1995 acabó con la vida de 8.000 musulmanes a manos de tropas serbias en la ciudad bosnia de Srebrenica. Pero Catic y sus seguidores no disfrutan de una felicidad completa. Como otras muchas víctimas, lamentan que Milosevic haya muerto sin ser condenado por genocidio y otros crímenes de guerra de los que le acusa el tribunal. «Es una pena que no haya vivido hasta el final del juicio para recibir la sentencia que se mereció», indicó el presidente croata, Stipe Mesic.