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Domingo, 12 de marzo de 2006
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Si a uno no le sobra un millón de dólares, no puede pensar en ir a tratarse a Houston, admite un doctor
Si a uno no le sobra un millón de dólares, no puede pensar en ir a tratarse a Houston, admite un doctor
EMBLEMA DEL CAMPUS. Diseño de vanguardia al servicio de la investigación de la enfermedad en el Centro Oncológico Anderson. / AP
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Es la gran epidemia de nuestro tiempo, responsable del 30% de todas las muertes que se producen en España. En la mente de cada paciente, el diagnóstico de cáncer trae asociado con frecuencia una sentencia fatal y la lucha por revocarla les lleva a remover los confines de la Tierra en busca del mejor tratamiento posible.

Para unos pocos privilegiados, apenas unos doscientos de los 160.000 nuevos casos que se detectan en España cada año, el viaje de la esperanza recala en Houston, el mayor campus médico que existe en el mundo. Decía Jorge Manrique que la muerte nos iguala a todos, pero el doctor Carlos Vallbona, pionero español del Texas Medical Center (TMC), tan asociado a Houston que muchos le cambian el nombre, admite que si a uno no le sobra un millón de euros no puede pensar en ir a tratarse a Houston. Otra cosa es consultar el diagnóstico.

En las 324 hectáreas del campus se erigen 45 instituciones médicas, que emplean a 65.000 personas, más que la población de capitales españolas como Segovia o Ciudad Real, sin contar con los 85.000 empleos indirectos que generan. Si el petróleo y la NASA movían la economía de Houston cuando el hombre conquistó la Luna, hoy el TMC ha desplazado a la agencia espacial y duplicado su impacto económico.

El doctor Vallbona recuerda que cuando llegó en agosto de 1955 lo llamaban 'el Bosque', pero desde entonces «puedo decir sin temor a equivocarme que no ha pasado ni un solo día sin que se vean grúas de construcción». Hoy, cada institución es como un barrio dentro de esta ciudad médica, insertada a su vez en el área urbana de Houston. Tiendas, restaurantes, hoteles e incluso un sistema propio de transporte han florecido para suplir las necesidades de los que buscan la salud perdida, a menudo desahuciados en sus países de origen. Houston es, para muchos, la última parada de un largo peregrinar, y eso es lo que preocupa a Wendelin Jongenburger, directora de negocios internacionales del Centro de Cáncer M.D. Anderson.

«Aquí no hacemos milagros», advierte. «El hecho de que vengan al final de la enfermedad reduce nuestras posibilidades de tratarlos. Por ejemplo, hay casos en los que resulta más beneficioso aplicar un tipo de quimioterapia antes de extirpar el tumor. Si vienen después de que los hayan operado, ya no podemos hacerlo. Por eso es muy importante que acudan a nosotros a la hora del diagnóstico». Toma aire. «No necesitamos pacientes, estamos al cien por cien. Lo que queremos es gente que se pueda beneficiar de nuestros tratamientos».

Ejército de voluntarios

El caso mencionado coincide con el de la cantante Rocío Jurado, que acudió a este centro oncológico después de que los médicos españoles le interviniesen de un tumor de páncreas. Jongenburger, por supuesto, no hablaba de ella. La confidencialidad es sagrada.

El ángel de la guarda de los pacientes españoles se llama Sira Pardo y, aunque trabaja de administrativa en el consulado, el papel de benefactora lo borda en sus horas libres. Les lleva en su coche por la ciudad, les hace tortilla de patatas y les enseña dónde conseguir los ingredientes para un buen cocido. Esta madrileña, a quien el cáncer le robó el padre hace 31 años, ha aprendido de la cultura estadounidense el valor del voluntariado, un generoso servicio que nutre el espíritu de quienes hacen el bien.

«¿No he trabajado tanto ni cuando me pagaban por ello!», bromea Albert Mowad, un jubilado de 67 años, superviviente de cáncer, que ahora se ocupa de la Casa Ronald McDonald, una especie de hotelito con encanto, anexo al Texas Children's Hospital, donde los familiares de pacientes críticos pueden comer y dormir gratis. Su trabajo no es intangible. Se calcula que los 12.000 voluntarios del TMC contribuyen anualmente con unos 15 millones de dólares en servicios sin remunerar, además de las extraordinarias recaudaciones con las que incluso financian construcciones.

De ellos depende a menudo el ánimo de los pacientes. En el Anderson, los voluntarios se encargan de redecorar las habitaciones a gusto de cada nuevo inquilino, ofreciéndoles un repertorio de cuadros para que elijan los que desean ver colgados en sus paredes. Se aseguran de que haya puzzles en las mesas del área de recreo, abundancia de revistas, café para las visitas, y conectan a cada paciente con otro que haya pasado por su misma experiencia. Aquí nadie subestima el poder de la mente. Las posibilidades de recuperación de un enfermo motivado desafían a la ciencia. Por eso este centro oncológico, líder mundial, ha abrazado el yoga, la medicina alternativa y los cursos de autoayuda. Todo eso está a disposición de los pacientes en el llamado 'Lugar del Bienestar', pero la filosofía zen lo impregna todo.

La entrada principal del Anderson se llama 'La Fuente', en referencia al monumento central de piedra y metal por el que resbala el agua. Cada edificio del complejo oncológico se conecta a los demás a través de pasarelas flotantes de cristal, a veces servidas por carritos de golf. El vestíbulo del pabellón Lee Clark, donde está hospitalizada la cantante española, se llama 'El Acuario' y reúne peces de todo el mundo.

Refinamiento

El concepto de despojar a los hospitales de su apariencia intimidatoria alcanza un nuevo grado de refinamiento en el Hospital Metodista, otro de los grandes centros del cáncer del TMC. Su aspecto compite con el del anexo Hotel Marriot, y le vence sin dificultad. Su lobby, bajo una bóveda acristalada, está poblado de fuentes, plantas y estatuas, armoniosamente organizadas en torno a sofás que remiten a un hotel de lujo, donde no falta un hombre de frac al piano.

No es de extrañar que reyes y jefes de Estado frecuenten las 23 suites del pabellón Sue Fondren Trammell, donde el albornoz les espera colgado en el baño y la limusina, en la puerta. Desde 1.280 dólares la noche, por la más pequeña, estos pacientes de élite disponen de flores frescas cada mañana, Internet inalámbrico, reproductor de MP3, salones privados, sala de negocios, un chef a su disposición y un mayordomo que se dedica exclusivamente a hacer realidad sus deseos. Por esta planta 12 han pasado también «muchos españoles», sonríe enigmático el brasileño Valter Aleixo, director de servicios internacionales.

Su jefa, Ruthy Khawaja, asegura que sus empleados «no están aquí porque tengan un título o hablen idiomas, sino porque tienen una personalidad compasiva y una actitud hospitalaria -subraya-. Eso es algo que no les puedo enseñar». Al TMC llegan «los más enfermos de los enfermos», débiles, vulnerables, cargados de ansiedad. El Hospital Metodista promete nutrirles el espíritu mientras les ofrece tratamiento de vanguardia, «algo que en otros países delegan en la familia». Para Khawaja, la familia está tan necesitada como el paciente, «porque, además de estar igual de asustados, cargan con la responsabilidad de asegurarse de que todo salga bien, para eso están aquí».

Las atenciones empiezan desde el aterrizaje. Cuando se remodeló el Aeropuerto Internacional George Bush, el TMC convenció a las autoridades para instalar una sala vip para pacientes médicos en el área de llegadas internacionales. Una agente especializada en cada país recibe a los pasajeros médicos a pie de avión. Con ella se saltan las colas de inmigración y, mientras esperan las maletas, pueden descansar en los mullidos sofás, tomar un tentempié, ver la tele o consultar Internet.

Milagros

Es un billete de primera clase al infierno que siempre es la lucha contra el cáncer, pero el doctor Vallbona advierte de que «hoy ya no hay tantos milagros como antes, porque muchos milagros se están haciendo en España». El doctor venezolano Sergio Giralt, una de las eminencias del Anderson, objeta: «En España hay muy buenos hospitales que ofrecen tratamientos oncológicos, pero son hospitales generales. El único especializado en cáncer es el MD Anderson Internacional-España», fundado hace seis años por acaudalados ex pacientes españoles, en sociedad con el de Houston.

El criterio del doctor Giralt para recomendar el traslado a Houston es puramente financiero. «No es cuestión de perder la casa», señala. Para Albert Rocamora, uno de esos 'milagros' españoles que Giralt supervisó a distancia, la verdadera tragedia de ese sacrificio la sintetiza el caso de un estadounidense al que se le llenaron los ojos de lágrimas al tropezar con un hematólogo catalán que pasaba por allí: «Mi hijo está enterrado, y yo todavía estoy pagando el trasplante de médula que no le funcionó». Rocamora venció a la leucemia con el suyo en el Hospital Clínico de Barcelona. Tres años después, recibió el alta sin una factura que pagar.



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