Stanley G. Payne es uno de los hispanistas más leídos y respetados. Como algunos de sus colegas, se apasionó por la vida y la historia de este país cuando lo visitó por primera vez, siendo muy joven. Años más tarde sería uno de los estudiosos de la peculiar versión hispana del fascismo que cambió el rumbo de la vida política a mitad de los años treinta. Ése fue el tema de su tesis doctoral y a él ha vuelto, desde diferentes perspectivas, en varias ocasiones más. También fue uno de los primeros ensayistas independientes que abordaron la historia de ETA y el nacionalismo, en un libro ('Nacionalismo vasco: de sus orígenes a la ETA') que fue texto de cabecera para la generación que hizo la transición en Euskadi. Ahora, acaba de publicar una versión ampliada de otro de sus textos clásicos, 'El catolicismo español', en el que hace un repaso de las no siempre fáciles relaciones entre el poder político y la Iglesia, desde el tiempo de la Reconquista hasta los últimos desencuentros del Gobierno con Juan Pablo II. De la Iglesia, su poder e influencia y las tensiones con el actual Ejecutivo de Rodríguez Zapatero habla este tejano de 71 años en esta entrevista.
-¿En qué aspecto ha sido más importante la influencia de la Iglesia en España a lo largo de la historia?
-La obra social y los magníficos logros del arte sagrado son ambos muy importantes, pero lo fundamental es haber formado una visión del mundo y una dedicación histórica a ciertos proyectos, sobre todo desde el siglo XV. Estoy hablando en términos socio-político-históricos, y no meramente con respecto a la formación de los valores espirituales, que para la Iglesia es lo más importante de todo.
-¿Cree que el apoyo que durante años dio la Iglesia al régimen de Franco ha terminado por reducir su credibilidad de cara a la sociedad?
-Habrá tenido este efecto para algunos, sin duda, pero más importantes son las consecuencias de la secularización. Con eso, el anticlericalismo, aunque ya no es violento, ha crecido otra vez.
-¿ Y a qué cree que se debe ese crecimiento? España es desde hace décadas un país con muchos católicos, al menos nominales, y paralelamente muchos anticlericales.
-Lo que se suele llamar la 'modernización' trajo consigo otras visiones del mundo y otra orientación hacia lo sagrado, empezando en el siglo XIX. El asalto radical del liberalismo, combinado con la reacción y la rigidez de la Iglesia, hacían más difícil una acomodación. Pero al fin y al cabo la escisión era inevitable, porque la sociedad secularizada es en gran parte anticristiana. El proceso ha seguido los mismos pasos que en los países protestantes del norte, aunque con menos roces por la menor fuerza del cristianismo en esas sociedades. Aquí estoy hablando de las actitudes básicas. Las luchas políticas son otra cosa, con una historia muy complicada.
-Muchos españoles se definen como católicos pero practican poco y apenas siguen la doctrina oficial en numerosos asuntos relativos a la vida personal. ¿A qué cree que se debe?
-Es evidente que la actitud espiritual de muchos católicos nominales es, digamos, muy fría y desde luego poco practicante. Pero pasa igual en los países protestantes. Por eso pienso que no hay una explicación específica en el caso de España. No es que la Iglesia oficial, la jerarquía, haya cometido ningún error concreto aquí; no es eso. Se trata más bien de la consecuencia de grandes cambios sociales y culturales. De todas formas, no porque la explicación sea ésa la situación es menos preocupante para el catolicismo, o para el cristianismo en su conjunto.
-En los últimos tiempos hay bastante tensión en las relaciones entre el Gobierno y la jerarquía eclesial. ¿Cree que hace bien la Iglesia en sacar a la calle el conflicto o en apoyarse en un partido político para mostrar esas diferencias?
-Cuando una entidad política (el Estado, en este caso) trata de imponer su monopolio con la eliminación de los valores de una gran parte de la sociedad, se crea un conflicto tanto religioso como político. A tal conflicto político la Iglesia responde con iniciativas políticas. Me parece lógico planteado en esos términos, pero contradictorio al mismo tiempo, porque cuando la Iglesia sale en defensa de derechos, hacerlo en términos políticos siempre desvía la atención de sus funciones básicas. Y por eso para la Iglesia resulta un problema.
Estado dictador
-¿Puede legítimamente la Iglesia criticar al Gobierno porque éste legisle en determinadas materias al margen de lo que es la doctrina oficial católica: por ejemplo, cuando aprueba el matrimonio homosexual?
-La Iglesia tiene el deber constante y primordial de defender sus valores morales y espirituales. No puede eludir esa responsabilidad diciendo que el Estado tiene el derecho de hacer lo que le dé la gana. El Estado no puede ser un dictador independiente.
-Entonces, ¿dónde está, a su juicio, el punto de equilibrio en una sociedad entre lo que es actuación de una institución religiosa, la Iglesia católica en este caso, y la actuación legítima de un Gobierno?
-Tiene que haber algunas reglas del juego fundamentales admitidas por ambos lados. La Iglesia no debe tener un papel político en sí, y el Estado no debe pretender imponer un monopolio cultural y social anticristiano. Ahora, es muy fácil decir esto y muy difícil encontrar un justo punto medio, porque no se pueden evitar roces y conflictos.
-¿Le parece que, como piensan algunos, la Iglesia católica será en poco tiempo en España una organización importante, con prestigio social e histórico, pero minoritaria y por tanto con capacidad de actuación reducida?
-El historiador es profeta del pasado, no del futuro. Las cosas no seguirán iguales, sino que cambiarán, pero ¿cuáles y cuánto? Durante los últimos cuarenta años, la Iglesia ha mejorado en algunos aspectos, pero ha perdido mucho terreno en la sociedad. En este momento, no se ve ningún gran resurgimiento religioso en el horizonte, lo cual no quiere decir que sea imposible que se produzca.