Si el Anderson es el núcleo de la investigación contra el cáncer, y el Metodista un remanso de paz, el Texas Children's Hospital es el paraíso de los niños enfermos, sin perder puntada tecnológica. No en vano, la NASA es su último socio.
En esta ciudad que presume del trabajo en equipo de los especialistas, arquitectos y médicos diseñan juntos los edificios para que sirvan fidedignamente a sus inquilinos. Para la creación de su West Tower, los médicos del Texas Children's Hospital buscaron inspiración en las centrales de la CNN y la NASA. El resultado es un edificio inteligente, totalmente cableado de fibra óptica, donde toda la información médica que se genera está digitalizada.
«La NASA nos enseñó que las imágenes son las que se tienen que mover, no los médicos», dice el experto en cardiología pediátrica Ricardo Pignatelli. Las máquinas están conectadas a la pared, no sólo para recibir electricidad, sino para transmitir la información que reciben al centro de control. Allí los médicos supervisan los estudios y se pasan los resultados de una pantalla a otra sin moverse de la silla. La otra máxima: todo se firma en el día, nada se acumula.
El centro recibe al 80% de los niños enfermos de cáncer que llegan hasta el TMC. Si la NASA está detrás de su tecnología, Disney bien podría haber inspirado su apariencia. Nos hay pasillos rectangulares, sino paredes curvas de colores vivos. En la planta 16, los médicos tienen prohibida la entrada. La salas de juegos de los más pequeños parece un jardín de infancia de lujo, y la de los adolescentes se asemeja a la sala vip de un aeropuerto. Butacas de cuero reclinables para ver su película favorita en pantalla gigante, consolas de videojuegos, salas de billar, futbolín, biblioteca y estudio de radio.
Los programas de Radio Lollipop (chupa-chups) están dirigidos por los pequeños locutores y se pueden sintonizar en todas las habitaciones. Hay peticiones, dedicatorias y lista de éxitos semanales. De vez en cuando, sus artistas favoritos les sorprenden con actuaciones en vivo.
Al fondo del pasillo no les espera el hombre del saco, sino el centro de belleza. Allí juegan a ser mayores y a probarse pelucas mientras la esteticista los complace con maquillajes o tratamientos estéticos que quitan hierro al trauma de perder el pelo. No es de extrañar que algunos incluso lloren a la hora de volver a casa.