Pertenezco a la categoría de ciudadanos que leen todo lo negro en cuanto tienen oportunidad. No sé vivir sin leer, es un vicio, pero respeto una excepción: los desplegables publicitarios que atestan mi buzón todos los días. Esos papeles se van a la bolsa del reciclado sin pasar bajo mi vista y así no me entero de las ofertas del restaurante chino o de la academia de punto de cruz. Pero no me importa. Lo escrito en los panfletos me parece una inútil literatura prescindible que detesto con entusiasmo, aunque sea la forma de vida de un montón de gente. Preferiría que no me inundaran en papel y, en general, que no me hicieran ninguna oferta. Ya me encargaré yo de buscar el posible chollo, si quiero. ¿Está claro que me molesta mucho la publicidad? Aunque también sé que ella es el soporte de la empresa editora del periódico que ahora mismo tiene usted en sus manos. Luego debo reconocer que sí me molestan los anuncios, el mundo está hecho de esta manera y la publicidad, sobre el soporte que sea, sostiene el tinglado global, al menos en la parte que le corresponde. Y tampoco pienso lamentarme, a estas alturas de mi escepticismo ecologista, por los 24.500 árboles que cuesta la publicidad depositada en los buzones.
Lo que sí lamento, y mucho, es una pérdida de información que hemos sufrido en Vitoria en los últimos días. Ahora ya no sé a qué longitud ni a qué latitud me encuentro, he perdido la línea meridiana que, a la altura aproximada de los números 26-28 de la calle Dato, me señalaba dónde estaba yo en el globo terráqueo. Deducía esto con este par de datos más la altitud a la que estamos con respecto a la altura media del nivel del mar en Alicante, conocida gracias a que aún persiste el correspondiente indicador en la estación del tren. Desde la calle Dato quedaba clara la localización de Vitoria en el mundo. Ahora nos hemos perdido y esto sí que es un desastre. ¿Cuáles son las coordenadas de la ciudad? ¿Dónde estoy en el espacio terrestre? Ante este drama, ¿qué importan los anuncios en el buzón?
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