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Lunes, 13 de marzo de 2006
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CULTURA
CRÓNICA DE TOROS
Victorinada desigual y entretenida
Victorinada desigual y entretenida
ANTONIO FERRERA disfrutó del mejor lote. / EFE
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FALLAS
Valencia. 2ª de feria. Tres cuartos largos de plaza. Primaveral.

Seis toros de Victorino Martín. Corrida desigual, movida y entretenida.

Luis Miguel Encabo, silencio y una oreja. Antonio Ferrera, una oreja y saludos desde los medios. Luis Bolívar, silencio en los dos.

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Tres toros de la corrida de Victorino dieron juego. El cuarto, segundo del lote de Encabo, fue el de más calidad de los seis. Casta pero no fiereza. No demasiadas fuerzas pero más que suficientes. Fijeza, bondad, francas embestidas humilladas. Los del lote de Ferrera, segundo y quinto, sacaron viveza, resistencia, potencia, movilidad. También una pizca de agresividad revoltosa. Los dos tuvieron ganas de pelea aunque ninguno de ellos rematara en varas. Tampoco lo hizo el buen cuarto, que tardó mucho en atender el cite para el segundo puyazo y se acabó quedando en el peto entregadito cuando levantaron el palo.

Lo que tuvo en la muleta el cuarto, algo tardo, fue largo tranco de buen compás. No fue toro especialmente codicioso. Dejó colocarse y estar. Como galopó de salida, Encabo lo toreó con los vuelos en un largo saludo de ocho o nueve lances bien mecidos, sin largar demasiada tela. Una media verónica que no fue de remate sino improvisada antes de soltar toro resultó auténtica maravilla.

La faena de muleta fue casi entera al borde de la segunda raya, por fuera de ella. Casi entera también por la mano derecha. Si el toro no venía enganchado, se rebelaba un poquito. Por la mano izquierda, Encabo no llegó a ponerse del todo ni de verdad y el toro le protestó siempre. O casi siempre. Encabó tardó en encontrarle al toro el punto. Cuando eso pasó, la faena rompió en serio. Una tanda en redondo, de cinco o seis ligados sin perder terreno, fue muy hermosa. Debería haber sido la última. Ya no daba el toro para más porque no le daban las fuerzas. Encabo se empeñó en seguir. Un error. Una estocada de mucho corazón d la que estuvo a punto de salir rodado el toro. Pero el puntillero resucitó al toro. Una oreja. Ferrera estuvo torrencial, enrabietado y ajabatado con sus dos toros. Al quinto le puso tres pares de formidable vibración; al segundo, otros dos de electricidad semejante. Esas cosas en Valencia embalan a público y torero, y con la contribución de la banda de música y el clamor contagioso de la mayoría, se desató la euforia.

Sustos

Sustos hubo porque Ferrera estuvo a merced del segundo un par de veces y se libró por los pelos. También entonces pegó Ferrera poderosos muletazos. El quinto le buscó en rebañones cada vez que le quitó a destiempo la muleta. O que no lo empapó. Recorrió mucha plaza en los dos toros Ferrera porque uno y otro marcaron terrenos. El segundo quiso irse disimuladamente a tablas a última hora de la brega. Murió de estocada sin puntilla. El quinto, especialmente astifino, bajito y estrecho pero con ágil trapío, duró hasta el final y se vendió caro. A este no le vio la muerte Ferrera y por eso se quedó sin puerta grande.

Los tres toros restantes de corrida fueron de otra manera. Pitaron con fuerza en el arrastre al primero, que no estaba en tipo y salió manso. Encabo abrevió, naturalmente. Los dos de Bolívar no llegaron a tanto. Pero el tercero de festejo, muy cabezón, echó las manos por delante, se echó descaradamente para atrás en el caballo antes de salirse suelto. El sexto, pegajoso y zapatillero, no paró de revolverse y, cuando Bolívar, ya desarbolado, se puso pesado con él en porfía de mero gasto. Mal negocio.



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