«Intervalo formado por el alma portuguesa», en palabras de Pessoa, el fado es una emanación de nostalgia, de agridulce angustia interna, cuyo origen es incierto. Las múltiples teorías que han tratado de despejar sus intrincadas raíces coinciden a grandes rasgos en dos «herencias» fundamentales. De un lado, en la importancia del legado étnico, fruto de la secular permeabilidad del pueblo portugués derivada del postcolonialismo. De otro, en la importación de las 'modinhas' o baladas brasileñas, a su vez de influencia africana, que, desde la independencia de Brasil, en 1822, comenzarían a oírse con frecuencia en las zonas portuarias de Lisboa.
«Las raíces del fado son negras -coincide Mariza-. Yo llevo bastante tiempo investigando su origen de cara a un libro y tengo claro que la naturaleza del fado tal y como lo conocemos está en los barrios típicos de Lisboa. Al principio nació como danza de esclavos, que luego asumieron los marineros. Pienso que el fado tiene que ver con Brasil y, por tanto, con África porque, a finales del XIX, más de la mitad de la población de Lisboa era negra y hay documentos que atestiguan que había gente negra que tocaba la guitarra portuguesa y cantaba en barrios como Mouraria, Alfama, Mandragoa o Ribeira».
Fue a partir de entonces cuando la tradición poética y literaria portuguesa comenzaría a imponerse sobre el carácter populachero del género y el fado se aristocratizó, pasando de las tabernas y burdeles a los salones de la nobleza. Clave en este trasvase fue el romance tempestuoso entre la prostituta y primera gran fadista Maria Severa da Sousa y el conde de Vimioso, que escandalizó a la sociedad lisboeta de mediados del XIX, centrando por primera vez la atención pública por la forma de canción que habría de simbolizar la esencia misma de Portugal.