Renovar una ciudad es tarea ardua donde las haya y no deja demasiadas satisfacciones a quienes sufren los golpes. Cambiar un trazado urbano, remodelar un tramo, desmantelar un metro de camino, suponen inconvenientes para los ciudadanos que no siempre se tienen en cuenta. Nadie niega, o no siempre, la necesidad de esas modificaciones urbanísticas, pero hay que reconocer que suelen ser marcadamente incómodas y notoriamente incordiantes. Es ley de vida, que dirían los tradicionales. Es una continua piedra en el zapato, que reafirmarían los que no lo son tanto.
Cada vez que me llega la buena nueva, y digo lo de buena por homenajear a mi legendario optimismo más que por otra cosa, de que van a cambiarse esos trazados urbanos, esas di-recciones callejeras, esas idas y vueltas, esas rutas que ya no serán las mismas, esos incordios y esos incidentes capaces de poner de los nervios al más templado de los gurús, me pongo paradójicamente al borde de la histeria. Y por algo será.
Lejos de oponerme a las renovaciones urbanas, muy lejos. Al revés: soy firme partidario de que se lleven a cabo, pero con criterios inteligibles y con, al menos, apariencia de razonables. No sé si los previstos tienen alguna relación con el sentido común, pero confío en que sí. Sólo pido tranquilidad para no recalar cada tres metros en un socavón.