A este tipo de rodajes les corresponde la voz del título del artículo en vez de la clásica de 'motor, cámara y acción' que dice el director de una película, después del golpe de claqueta, al abordar la puesta en imágenes de una nueva secuencia. Para estas peliculitas abyectas el equipo de grabación es el mínimo, pues se realizan con la cámara de vídeo de un teléfono móvil. Tampoco hay apenas preproducción: el sucinto guión se acuerda oralmente y se aprueba entre risotadas. Y no hace falta edición, montaje alguno, ya que estos vídeos vanguardistas se resuelven en un único plano secuencia que vibra por la carcajada incontenible del operador de cámara. La localización de exteriores es sencilla, así como la elección de actores que se interpretan a sí mismos -estamos ante una suerte de docudrama-, pues los pobres y los indefensos abundan en los márgenes oscuros de las calles y es fácil dar con sus precarios escondrijos.
El presupuesto de producción es muy bajo, no se requiere subvención del Ministerio de Cultura ni que ponga pasta una cadena de televisión -por ahora-. El desembolso se limita al precio de transmisión de la obra audiovisual de teléfono a teléfono en concepto de copia privada, coste que suelen sufragar los auténticos productores, los padres del realizador, que le compraron el teléfono móvil para estar menos intranquilos la noche en blanco del sábado. Si acaso, en algunos rodajes más de autor, más sofisticados, se apoquina de la paga de los artistas unos euros para que la estrella se esté quietecita y reciba mansamente el hostiazo que le meten, clímax y desenlace de la historia si es que el pobre no acaba en el hospital o en la morgue. Los partidarios de esta variante -la que produce el más inquietante escalofrío- en vez de la de la improvisada agresión, dirán que se pierde la espontaneidad de la escena coral de paliza inesperada por la víctima, pero se gana en profundidad psicológica con el primer plano de la estrella aguardando con cara de miedo y resignada mansedumbre de perdedor los golpes acordados.
El director y a la vez operario de cámara ha mamado el oficio en límpidas fuentes: en los programas de televisión de vídeos caseros en que padres campechanos graban caídas y golpes de sus hijos pequeños -provocados si es preciso; qué menos por conseguir que salga el niño en la tele y además llevarse unas pelas-, o las que muestran joviales tormentos entre descerebrados masoquistas que se ríen histéricamente ante la visión de su propia sangre, o las de sanas riñas tumultuarias con intentos de linchamiento en canchas deportivas, o los planos de terribles accidentes acompañados por la voz de un comentarista bufón, que también se ríe mucho; en el ejemplo del soldado de uno de los ejércitos que velan por la libertad mundial, que grabó con banda sonora de sus propias carcajadas e insultos la brutal paliza que daban sus compañeros a un grupo de adolescentes iraquíes detenidos; y sobre todo, la base está en la vacuidad de la propia desorientación y aturdimiento del chaval de la cámara, en su falta de referentes éticos que le degradan a una banalización del mal, a no discernir que está creando horror y sufrimiento reales y goza con ellos porque está embrutecido, narcotizado por el tedio en el que pastan cotidianamente los estúpidos.
Así, las variantes y características de estas breves e intensas obras de arte oscilan entre lo que pida el cuerpo u ofrezcan las circunstancias o el azar: la purista sencillez de hacer volar a un gatito de una patada y reventarlo o la más meticulosa aproximación al dolor de torturar a un perro abandonado; la ya apuntada de golpear a un mendigo a cambio de una infamante -para el que la da- limosna o por sorpresa y por la espalda o en tropel de bestias sanguinarias; concertar y grabar una brutal pelea entre dos grupos de adolescentes o mear en la cara a un indigente que duerme en la calle.
En alguna ocasión, la inmortalización del horror por parte de la cámara resulta involuntaria para los hacedores del mal, que buscaban irresponsable anonimia, y da lugar a obras con más empaque de espanto, el que da la dimensión de la tragedia. De este modo, las cámaras de seguridad de un cajero automático graban el apaleamiento y posterior quema viva de una desgraciada que se refugiaba allí del frío, por parte de unos chicos de buenas familias y sin trazas aparentes de enfermedad mental.
Así son y así de simple se hacen en la práctica estas maravillas audiovisuales, pero ¿cuál es el mensaje de la película? Esto ya es más complicado y perturbador. Los psicólogos dicen que estos muchachos sin referentes buscan el entretenimiento, la descarga de adrenalina de la emoción fuerte. Con lo cual, la que aumenta exponencialmente es mi propia sensación de horror, de falta de capacidad para comprender. ¿Se divierten con eso? Producir miedo, dolor y humillación, ¿les hace reír?
Que unos jovencitos que no están marcados por el odio a la sociedad que provoca la marginación se diviertan haciendo esto y luego se intercambien esos vídeos como si fueran cromos y se corran la gran juerga viéndolos me asusta, y mucho. Que no medie de ninguna manera el filtro de la piedad, que nada sea capaz de frenar en sus cabezas el llevar a cabo este despliegue de crueldad e inhumanidad. Que no sólo no les mueva a lástima la condición miserable de un pobre que duerme en la calle sino que se aprovechen de su marginalidad y falta de defensión para golpearlo, humillarlo y después mostrarlo supongo que orgullosos de su repugnante acción.
Espero, o más bien quisiera crer, que esta abyección sea una moda pasajera y desde luego muy minoritaria. Si no somos capaces de hacer discernir a nuestros hijos el concepto de lo atroz, y que la pantalla de una cámara no aísla ni disminuye ni despersonaliza la crueldad ni la hace menos real, y que el sentido de la piedad es bagaje imprescindible para la vida en civilización, estaremos perdidos. Nada nos librará del fascismo y la barbarie. En 'El pianista', la obra maestra de Polanski, los nazis disfrutaban golpeando y humillando a los judíos en el gueto de Varsovia. Y lo filmaban cuidadosamente. Es muy posible que estos pequeños monstruos del móvil, de haber estado allí, habrían aprovechado también la ocasión para apalear a los más debilitados y grabar tan excitante espectáculo ante la mirada cómplice de los SS, que, llegado el momento, no habrían dudado en mandarlos también a ellos a las cámaras de gas.