Mientras aumenta la polémica sobre las causas que provocaron la muerte del ex presidente yugoslavo Slobodan Milosevic, su hijo Marko denunció ayer que su padre había sido asesinado en el centro de detención de Naciones Unidas en La Haya. Pero las especulaciones pueden terminar en escándalo si se confirman las denuncias de un guardia de la cárcel de Scheveningen, que reveló a las autoridades judiciales que Milosevic recibía, en forma clandestina, medicamentos no autorizados y alcohol.
«No murió, le mataron», declaró Marko Milosevic a su llegada al aeropuerto internacional de Amsterdam procedente de Moscú, donde vive desde hace seis años, para hacerse cargo de los restos de su progenitor. «Se cometió un asesinato», insistió, antes de dirigirse al instituto forense de La Haya. Posteriormente, el cadáver fue trasladado al mismo aeródromo para viajar a su destino definitivo: Moscú o Belgrado.
Nadie en en el entorno del Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia (TPIY) quiso comentar la más reciente versión sobre la muerte del ex dictador, que habría sido envenenado, según su abogado Zdenko Tomanovic, o suicidado, como sugirió en dos ocasiones la fiscal jefe, Carla del Ponte.
Traslado a Moscú
El lunes, un toxicólogo holandés, después de confirmar que se habían detectado restos de Rifampicina en la sangre de Milosevic, sugirió una nueva teoría, según la cual, el ex dirigente serbio habría consumido la droga para dejar sin efecto el tratamiento contra la hipertensión y así poder viajar a Moscú.
Hasta ayer, nadie imaginaba cómo el antiguo líder yugoslavo podría haber obtenido el medicamento, pero un funcionario del tribunal reveló a la agencia AP, que un guardia de la cárcel de Scheveningen había informado en repetidas ocasiones a las autoridades de la corte, que Milosevic tenia acceso con regularidad a fármacos no prescritos por los especialistas y a alcohol.
Según el funcionario, cuyo nombre no fue revelado, el vigilante había dicho al TPIY que ya no se podía garantizar la salud de Milosevic, pero también indicó que dos médicos habían llegado a la conclusión de que el ex hombre fuerte de Serbia estaba ingiriendo intencionadamente medicamentos para contrarrestar el tratamiento que recibía a causa de sus problemas cardiacos. La vigilancia se había relajado debido al régimen especial que le permitía recibir visitas.
Los médicos que elaboraron un informe para el tribunal especulaban que los fármacos eran introducidas por los visitantes o sus asesores legales, que casi no eran sometidos a un registro por los guardias. Milosevic, quien había asumido su propia defensa, recibió autorización para trabajar en una pequeña oficina donde podía entrevistarse con sus testigos y asesores legales, lo que hacia casi imposible controlar el ingreso clandestino de cualquier sustancia.
Enfrentada a la nueva denuncia que podría poner en entredicho la seguridad de Scheveningen y arrojar una sombra de duda sobre la honestidad de los responsables de la vigilancia de Milosevic, la portavoz del TPIY admitió ayer que a los visitantes no se les sometía a un registro de todo su cuerpo. «El procedimiento normal es que las celdas sean registradas regularmente, pero el resultado no es algo que hagamos público», dijo Alexandra Milenov. «Pero en todas las cárceles hay contrabando», añadió.
Proceso cerrado
¿Una gran chapuza en el tribunal de la ONU? Nadie lo sabe aún, pero mientras se aclaran las dudas, la corte puso fin ayer al histórico juicio que inició hace cuatro años contra Milosevic durante una breve audiencia donde el presidente lamentó que la muerte del ex dictador haya impedido esclarecer su responsabilidad en los crímenes que se cometieron durante las guerras que azotaron los Balcanes la última década del siglo pasado. «Su muerte pone fin a este proceso», señaló el presidente del tribunal, Patrick Robinson.
Pero la fiscal jefe Del Ponte, que expresó el sábado su frustración por no haber podido hacer justicia a las víctimas de los sangrientos conflictos, fue un poco más lejos y aseguró que la muerte de Milosevic había dejado «en coma» a la Corte de La Haya y que la única forma de revivirla era llevar al banquillo a los también acusados de genocidio Radovan Karadzic y Ratko Mladic, antiguos jefe político y militar de los serbobosnios.