El Correo Digital
Viernes, 17 de marzo de 2006
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OPINIÓN
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Macrobotellón elegante
Sigue en pie lo del 'macrobotellón' de esta noche. Espanta esto de los records. Uno repasa el 'Guinnes' que los recopila y le cuesta encontrar uno con un objetivo edificante. Nosotros batimos el de recogida de vidrio después de una masiva francachela, la de Celedón, un 'macrobotellón' intergeneracional, legalizado, organizado y a plena luz. Pero era un subterfugio para estimular la limpieza acelerada de la plaza. No estuvo mal, en todo caso. Pero la de esta noche es otra competición de 'a ver quién la tiene más larga'. Todo está atravesado de este tipo de retos: la política, la belleza, las religiones, el deporte todo. Aquí se trata de ver qué juventud de qué ciudad es campeona en la cosa del energumenismo y del comportamiento gregario. ¿Genial!

¿Por qué? Parece que por demostración de 'juvenilismo'. Una competición hormonal transmitida a través del teléfono móvil y del correo electrónico, sin convocantes precisos, con destinatarios claros en las autoridades municipales y en el pensamiento correcto de los que cobran y pagan a seis eurazos (o más) el pelotazo, y con una intención meramente demostrativa de lo que puede un colectivo generacional. Un descriptor completo de buena parte de los comportamientos juveniles, con todos los aditamentos del motín más clásico.

¿Por qué? Posiblemente, porque no hay otra cosa. El botellón tiene que ver con el tipo de sociabilidad de nuestros jóvenes. Este país sigue virgen en estructuras formales de sociabilidad para la gente de entre quince y treinta años. Antes nos agrupábamos en torno a las iglesias, había gente de los boy scouts, la política daba cauce asociativo a algunos Luego la normalidad democrática se llevó todo por delante, y sólo quedan entre la juventud restos de aquello y algún activismo intermitente en las ONG. La pobreza del asociacionismo estudiantil en la universidad, por ejemplo, es alarmante. La ausencia de entidades formales donde los jóvenes se agrupen por intereses de ocio, conocimientos, coincidencia política o social, o de cualquier otro género es casi total. En otros países del entorno no están así. A ello, además, se le une lo tarde que se van nuestros chicos de casa, unos diez años después que otros jóvenes europeos. Súmensele las precariedades económicas derivadas de diversas circunstancias sociales, que también repercuten en los pocos recursos para un ocio más dignificado, y tenemos el cuadro para el botellón semanal, que dicen reúne en nuestro país a medio millón de muchachos.

¿Solución? Complicada. Los programas de ocio nocturno vienen mostrando dificultades para captar el interés de determinadas franjas de edad. Los jóvenes tratan de definir un espacio propio y, necesariamente, contrario al criterio de sus mayores. Hay una necesidad generacional de romper. Los programas dirigidos por instituciones no son bien recibidos. Los espacios autogestionados son, en ese sentido, una alternativa. Debería medirse la repercusión social -entiendo que positiva- que tienen esos espacios liberados de los jóvenes, igual que se ha demostrado la bondad de consecuencias de una red tupida de centros cívicos.

Y al final, se ponga lo que se ponga, posiblemente los jóvenes, o parte de ellos, prefieran ir a su aire y pasar de las preocupaciones y de las soluciones a éstas de los mayores. Posiblemente sea ley de vida, aunque de por medio el botellón arrase con los derechos de otra gente: vecinos, ciudadanos en general, la propia ciudad Insistir en planteamientos cívicos entre la juventud sería buen remedio. Igual podían hacer un botellón y luego recoger los bártulos y las botellas vacías. En casa del padre ausente ya lo hacen. Y aquel día de Celedón, también. Igual se les puede hacer el comentario de que qué chorrada el ir a un campeonato para ver qué ciudad tiene más bobos. O igual se podía llevar, en vez de a la policía, a un grupo de música clásica para que amenizara la velada y disolviera aquella concentración. O igual disuelven a los músicos con vasos de plástico

De momento habrá que evitar que la cosa vaya a mayores. Algunos políticos ya han hablado de que no hay que reprimir. Ciertamente. Sólo habrá que recordar en medio del festejo que éste no incluye arrasar el trozo de ciudad ni reventar los tímpanos de los vecinos. Si los muchachos lo asumen así, perfecto. Si no, el del uniforme se lo hará ver. Como pasa con todo, que aquí le llamamos represión al recordatorio de derechos de los demás. Aparte de eso, poco más desde las instituciones. Hacer lo que hay que hacer todos los días, propiciar comportamientos saludables también entre la juventud, facilitar espacios y actividades autónomas, pero no agobiarse por legislar. La administración piensa que todo lo tiene que atar, y no es así. Hay comportamientos sociales que pasan sin más, como se pasa la juventud.

Además, aquí la preocupación es menor. Va a llover a la noche, que es lo determinante. Y la ciudad es elegante y el botellón no casa con nuestro carácter, costumbres y tradiciones. Lo ha dicho el alcalde. Le ha salido el chico de derechas que lleva dentro. No le falta razón y seguro que tan singular afirmación no le quita un voto. Elegante es tomarse un combinado de marca sentado en un sofá de cuero y remates de hierro. Ésa es la vieja elegancia de la vieja ciudad que algunos siguen viviendo. Pero al menos los muchachos de quince a treinta años no tienen recursos para entrar en esos sitios, no tienen posibilidad de ser elegantes en esta elegante ciudad. Sus palabras han sido la mejor invitación para lo de esta noche. Por eso espero que a media tarde ya se lo hayan perdonado.

Somos elegantes, pero no más que otros. La única diferencia con el resto del país es que va a llover y que hacia las tres tendremos 4 ó 5 grados en la calle. Como tantas veces por aquí.



Vocento