Como asistente al teatro donde se puso una bomba contra Leo Bassi, reclamé públicamente la vigilancia de las autoridades para evitar en lo posible esos atentados, vigilancia no sólo a los imanes islamistas que predican la violencia, sino -como es aquí el caso- a sus colegas católicos que desde púlpitos, radios, Internet, etcétera, incitan a lo mismo. Pero desde la misma prensa se me ha reprochado incoherencia por asistir a ese espectáculo. Vayamos por partes. Yo también creo que la blasfemia, en el creyente, es contradictoria, un pecado. Y en el no creyente es, además de ilógica, contraproducente, porque promueve fanatismos. Por lo demás, yo respeto incluso a la prensa y sus lectores. Por eso no hablo sin comprobar los hechos. Al sentirme, como profesional y como ciudadana, inclinada a escribir sobre el tema, máxime ante el anuncio de una manifestación contra 'La Revelación', de Leo Bassi, fui a verla.
Estimo ahora que 'La Revelación' es una obra muy crítica con la jerarquía católica, y con la Biblia, pero nunca blasfema, injuriosa o soez. Lo que ocurre es que en España, mientras unos creen que la libertad de expresión les autoriza a cualquier exceso verbal, otros exigen 'respeto' a sus opiniones para tapar la boca a todos sus críticos. Mientras unos y otros se educan mejor, habrá que recurrir a los tribunales. Subir al tablado para agredir a los actores o poner una bomba en los camerinos es un gran atentado a la convivencia y si se hace en nombre del Evangelio, otra insensatez propia de ignorantes fanáticos y politizados.