A pesar del descrédito de las denunciadas pero nunca encontradas armas de destrucción masiva en Irak, la Administración Bush publicó ayer una nueva edición de su estrategia de seguridad nacional reafirmando su polémica y criticada doctrina de guerra preventiva contra terroristas y naciones hostiles dotadas con armas químicas, biológicas o nucleares. El documento, requerido por el Congreso y que expande la edición lanzada hace tres años en un giro copernicano con respecto a conceptos pasivos de la guerra fría como la disuasión o contención, plantea la obligación de Estados Unidos de encarar toda clase de retos internacionales -desde el genocidio hasta la conducta de China, pasando por la proliferación nuclear- con un 'modus operandi' que se describe «como idealista en sus objetivos, pero realista en sus medios».
En lo que se considera como una especie de guiño conciliatorio hacia Europa, tras el tumultuoso cisma trasatlántico generado por el uso de la fuerza en Irak, el esperado texto introduce un apreciable énfasis en el frente diplomático y multilateralista para resolver conflictos pendientes, sobre todo en el prioritario terreno de la proliferación de armas de destrucción masiva. Repitiéndose la necesidad de contar con «fuertes alianzas» y «amistades» en la arena internacional.
Con todo, el documento de medio centenar de páginas deja claro que «si resulta necesario, bajo los principios tradicionales de la autodefensa, no descartamos el uso de la fuerza antes de que ocurran ataques, incluso si existe incertidumbre sobre el momento y lugar del ataque enemigo». Razonando que «ante las consecuencias tan potencialmente devastadores de un ataque con armas de destrucción masiva, no podemos permitirnos el cruzarnos de brazos a la espera de que se materialicen graves peligros».
Dentro de esa línea estratégica, el presidente Bush, en su carta de presentación de este documento -que no tiene fuerza legal pero sirve de fuente de inspiración para todo el Gobierno federal-, reitera que el gigante americano «lucha contra sus enemigos en el extranjero en lugar de esperar a que lleguen a nuestro país». Sin detallar posibles acciones futuras, el texto cita específicamente a siete países como ejemplos preclaros de «sistemas despóticos»: Corea del Norte, Irán, Siria, Cuba, Bielorrusia, Burma y Zimbabue.
'Septeto del mal'
Entre este 'septeto del mal', el documento de la Casa Blanca sitúa a Irán como la principal amenaza para la seguridad de Washington. Con un respaldo expreso a las iniciativas negociadoras ahora suspendidas, pero impulsadas por los aliados europeos para hacer frente a las ambiciones nucleares planteadas por un régimen descrito como «aliado del terror» y «enemigo de la libertad». A juicio de la Administración Bush, «este esfuerzo diplomático debe tener éxito si se quiere evitar una confrontación». Presión que llamativamente no se extiende al reto de Corea del Norte, que ya contaría con su propio arsenal nuclear.
En un repaso a los grandes actores en la arena internacional, el documento oficial presenta una visión menos optimista de Rusia bajo el presidente Vladímir Putin, llegando a afirmar que «recientes tendencias apuntan lamentablemente a una merma en el compromiso hacia las libertades e instituciones democráticas». También se advierte a China para que «actúe de forma responsable», sobre todo en cuestiones como el comercio, expansión militar y competencia por recursos energéticos. Y dentro de Iberoamérica, se destaca la influencia desestabilizadora del régimen de Hugo Chávez en Venezuela, al que se describe como «un demagogo repleto de dinero procedente del petróleo».
El nuevo texto -cuya autoría principal corresponde a Stephen Hadley, el actual y casi invisible asesor de seguridad nacional de la Casa Blanca- también advierte que aunque Al-Qaida ha sido «degradada significativamente» desde la invasión de Afganistán, su dispersión y descentralización suponen un reto adicional para Estados Unidos. Y se reconoce que la continua distorsionada lucha en Irak ha servido como banderín de enganche para terroristas islamistas.