Nadie mejor que Harrison Ford para encarnar y modernizar el concepto de héroe americano, es decir, la adaptación sociológica a la contemporaneidad del celador o guardián de las grandes virtudes surgidas en la tierra de promisión. Un héroe ahora urbano y moderno, amoldado al bienestar tecnológico y financiero de los nuevos tiempos, familiar y hasta vulnerable en su perfección o en su superioridad moral e intelectual. Un héroe para hacer frente a los nuevos desafíos, en definitiva, que ya no vienen tanto de los vicios sociales del Oeste o de los imponderables de la Guerra Fría y el terrorismo, sino más bien del ciberespacio, del delito de cuello y guante blanco o de una modernidad delictiva que también tiene su propia evolución en el imaginario del cine americano.
Algo usual en Hollywood, también, ya que la industria del cine produce películas que buscan la temática contemporánea, pero igualmente cintas que enlazan con las ansiedades sociales de un momento dado. Encima, y más allá del tema actual o del encaje del actor con el estereotipo del héroe americano, se trata igualmente de relanzar la carrera de Harrison Ford, un actor que ya se aleja del canon estético demandado por el público joven, pero que sigue siendo un valor seguro para una taquilla más bien deprimida en el último año. Un John Wayne urbano y posmoderno para una película de sociología actual, en fin, pero también una ficción con nombre convertida en posible negocio.