La segunda jornada del juicio sobre el atropello a los hermanos Otxoa resultó esclarecedora. Declararon ayer los guardias civiles del destacamento de Málaga que realizaron el informe técnico en el lugar de los hechos, otros tres miembros del Cuerpo llegados de la Escuela de Tráfico de Mérida y el perito Fernando Escobar, contratado en su día por la familia de los ciclistas para que realizase un estudio sobre las circunstancias en que se produjo el accidente.
Pues bien, todos los testimonios escuchados durante la mañana de ayer en la sala 8 de lo penal del Juzgado de Instrucción número 1 de Málaga coincidieron en lo esencial: en que los ciclistas del Kelme circulaban por el arcén de la carretera y que, en una zona de perfecta visibilidad, fueron arrollados por un coche que circulaba a una velocidad aproximada de 80 kilómetros por hora. ¿La causa del atropello? Tanto los agentes como el perito no albergan ninguna duda. Todo se debió a una fatal distracción. «El conductor iba abstraído. Conducía mecánicamente, como desgraciadamente solemos hacerlo todos algunas veces», dijo Fernando Escobar.
La unanimidad en estos datos básicos se deriva de unas pruebas periciales que los declarantes calificaron de «objetivas» e «indiscutibles». Que el impacto se produjo en el arcén y no en mitad de la calzada, como aseguró el lunes el imputado, lo prueba la huella que dejó el tubular de Javier Otxoa tras el choque. Esta mancha de goma quemada se encontraba 60 centímetros dentro del arcén; casi en la mitad del mismo, por tanto, ya que en ese tramo de la carretera entre Campanillas y Málaga capital mide de 1,5 metros. Por otro lado, esta huella -decisiva en el informe técnico- quedó dibujada sobre el pavimento a 125 metros de la curva más próxima y no a «30 ó 40 metros» de ésta, como defendió en su declaración Sebastián Fernández López.
Tampoco cabe suponer, afirmaron los expertos, que Javier Otxoa entrase de repente en el carril de los coches para evitar unos arbustos que crecen al borde de la calzada. Aparte de que las marcas de su tubular están donde están, las retamas que hay en la zona del accidente en modo alguno dificultan el discurrir de las bicicletas, como se demostró en un vídeo, realizado por los guardias civiles adscritos a la Escuela de Tráfico de Mérida, que pudieron visionar todos los presentes en la sala.
Posición de los ciclistas
Lo cierto es que toda la versión de los hechos que realizó el lunes el imputado quedó ayer desmentida. Ninguno de los expertos dio la más mínima verosimilitud a su teoría de que uno de los ciclistas invadió la calzada y él no pudo hacer nada para esquivarlo. Tampoco a la de que el accidente se produjo casi 90 metros más atrás de donde se dice en todos los informes, ni mucho menos al hecho ciertamente insólito de que él sólo atropelló a uno de los hermanos Otxoa y no a los dos.
Es más, sobre esta última cuestión ni siquiera se habló ayer en la vista. El abogado defensor, Pedro Apalategui, la pasó por alto; algo lógico teniendo en cuenta la existencia de dos evidencias apabullantes en contra de lo que decía su defendido, como son las terribles heridas sufridas por los dos corredores en el accidente y el hecho de que en el coche que les arrolló quedaran restos de pintura de las dos bicicletas.
En realidad, de lo único que se discutió durante las cinco horas que duró la segunda jornada del juicio fue de matices en un par de cuestiones. Una de ellas fue la posición de los corredores en el momento del impacto. Parece claro -así figura en el informe técnico del siniestro y en el del perito- que Ricardo iba por delante y Javier por detrás, a rueda, unos centímetros a la izquierda de su hermano. Sin embargo, un error en la simulación por ordenador realizada en Mérida acabó provocando un debate más retórico que práctico.
Otra cuestión sobre la que se debatió fue la relativa a si el conductor realizó o no alguna maniobra para evitar el accidente. Los guardias civiles de Mérida aseguraron que creían que sí, que Sebastián Fernández había frenado 20 metros antes del choque reduciendo así su velocidad de 80 kilómetros por hora a unos 60 en el momento del impacto. La razón para deducir que hubo frenazo (que no quedara marcado se debe a que el coche disponía de ABS) es que el golpe se produjo en el tubular a una altura inferior a la que tiene el parachoques del coche. Ello les hizo deducir que el vehículo frenó bruscamente. (El parachoques pierde altura sobre el suelo baja cuando se frena).
El perito Fernando Escobar, sin embargo, no dio ningún valor a esta versión -a la velocidad que gira una rueda, dijo, la altura del parachoques no significa nada- y mostró su convencimiento de que Sebastián Fernández no frenó hasta 1,52 segundos después del choque..