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Viernes, 24 de marzo de 2006
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Las entrañas extrañas
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Yo nací en 1959, el mismo año que nació ETA. Permítanme que recuerde un poema de la premio Nobel polaca Wislawa Szymborska que se titula 'Primera fotografía de Hitler'. Empieza así: '¿Quién es ese bebé en pañales? ¿Vaya, es Adolfito, el hijo de los señores Hitler! ¿Llegará a ser doctor en Derecho?'. Cuando ETA llevaba chupete parecía tan inocente. La criatura de nuestras entrañas. Había sido engendrada en nuestro seno. En la adolescencia, antes de la muerte de Franco, suscitaba variadas simpatías. Luego he visto cómo ETA se hacía adulta a mí lado. Ha amenazado, extorsionado y asesinado a personas que por una razón o por otra me resultaban cercanas, o eran parientes de gente a la que yo conocía. Y paralelamente también he sentido una proximidad similar con antiguos terroristas o con militantes de la autodenominada izquierda abertzale que aplaudían y justificaban sus atentados. Lo que digo no debe escandalizar a nadie porque en Euskadi y Navarra ha sido lo normal durante todos estos años. La inmensa mayoría ha tenido muy cercanos, en un momento u otro, tanto a las víctimas como a los verdugos. A veces eran de la misma familia. A veces, incluso, hermanos. Ejemplos no faltan. No se enfaden ahora si incluyo el comienzo de otro poema de la misma autora de antes. Éste se titula 'La mirada del terrorista', y dice así: «A las trece horas veinte minutos la bomba estallará en el bar. Ahora aún son las trece horas dieciséis minutos. Hay gente todavía a tiempo de entrar. Y a tiempo de salir». ETA empezó a metamorfosearse en monstruo cuando puso su primera bomba indiscriminada en una cafetería: murieron 12 civiles y hubo más de cincuenta heridos de distinta gravedad. No quiero utilizar palabras demasiado enfáticas pero estoy convencido de que lo que ha hecho ETA a lo largo de todo este tiempo dejará secuelas duraderas en el alma vasca. Todo el mundo habla ahora del proceso político que se inicia. Del alivio y la esperanza que genera. De su dificultad. De la paciencia y prudencia que precisará. Pero paralelamente a eso tendrá que iniciarse también una catarsis. Me refiero a algo emocional, a algo moral. En el inconsciente colectivo de los vascos hay un agujero negro y profundo. Hecho de dolor y de silencio. Y lo que es aún más difícil de abordar: hecho de la misma materia con la que se moldean los sueños de la identidad, la autenticidad y la pertenencia o no pertenencia. Hay una pregunta íntima que cada cual deberá responder en su interior: ¿Qué ha pasado aquí, precisamente aquí, por qué se llegó a este extremo de horror, qué hicimos mal? La velocidad de los tiempos favorece el olvido. Pero la gente que no puede olvidar es tanta.



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