La hembra de pingüino emperador, en una compleja y amorosa operación, deposita a su cría entre las piernas y el vientre del macho para protegerla del ardiente hielo y se lanza al mar, en busca de pescado. A la vuelta, regurgita la comida y alimenta a su pequeño. Está en su naturaleza. Miriam también quiere que su hija Sara coma, pero no lo logra. La anorexia y la bulimia han conseguido minar la salud de ambas y destruir la confianza entre ellas y la armonía de su hogar. Dos males de esta sociedad y de este tiempo que impiden que una mujer cumpla con su deber de madre.
Sara cuenta que a los 17 años miraba a sus amigas y todas le parecían más guapas y delgadas que ella. Veía la tele y, en las pasarelas, las modelos eran sólo huesos unidos por muy poca piel. Leía las 'revistas de chicas', y todo eran invitaciones a hacer dieta. Así que se inició en el aerobic y dejó de comer. De esta forma comenzó el drama para Sara, la hija, que a sus 25 años mide 1,67, pesa 45 kilos y sigue en tratamiento. Y para Miriam, la madre, que dice haber perdido la sonrisa. En ellas se verán reflejadas muchas familias.
COSAS DE LA MODA
Madre: Sí, se obsesionó con el ejercicio físico, estaba encantada.
Hija: Ves a las modelos y aunque lees cosas de anorexia y bulimia, dices «a mí no me importa estar así», no lo ves como algo malo o peligroso y no ves el problema hasta que no estás bien metida en él.
Las revistas para hombres se llenan de chicas con curvas, mientras las publicaciones femeninas combinan reportajes de denuncia de trastornos alimenticios con cientos de propuestas de regímenes y afirmaciones como «A Kate Moss todo le sienta bien» y «Si no te apellidas Olsen o Moss, ahórrate el dinero de unos 'leggins', una prenda que acentúa cartucheras y muslos». Para el que no lo sepa, una de las actrices gemelas Olsen tuvo anorexia y Moss es una de esas maniquíes hambrientas que en cuanto dejan la coca engordan diez kilos... y mejoran su aspecto. El caso es que el 40% de la información de estas revistas y el 71% de su publicidad insisten en cuestiones esteticas, según un estudio realizado en 2001.
Muchas modelos se quejan de que las exigen altura de jirafa y cintura de avispa. Esta situación fue denunciada recientemente en la pasarela Cibeles: los responsables de los desfiles juran y perjuran que «no utilizan tallas por debajo de la 38», pero hay profesionales que lo confirman. Esta es la realidad del mundo donde viven las adolescentes de hoy en día, así que no es de extrañar que el 70% reconozcan estar insatisfechas con su cuerpo. Por eso Idoia Martinez, psicóloga de la Asociación Contra la Anorexia y la Bulimia (Acabe) en Vizcaya, dice que éstas son «enfermedades mentales de nuestro tiempo y de nuestra cultura».
Madre: Sí, creo que esto del entorno social y de las modas es muy importante.
Hija: Empecé quitando las patatas fritas, luego sólo quería lechuga, pero bajaba de peso muy despacio. Y un buen día descubrí que podía vomitar.
Madre: Vi que perdía muchos kilos en poco tiempo. Y ella era una chica con la autoestima baja y mucha inseguridad. Al principio pensé que no podía ser; luego, que se pasaría con la edad. Pero no pasó. Discutíamos, nos gritábamos, yo quería que comiese y todo era una lucha.
Hija: Recuerdo especialmente un día que me querías hacer comer un trocito de queso fresco. No lo comí.
Madre: Así que decidí llevarla al médico. Me informé y fuimos al hospital de Galdakao.
No es normal que las chicas con este problema -el 90% de los afectados son mujeres- accedan facilmente a solicitar ayuda. La psicóloga de Acabe explica que «hasta que no toman conciencia del problema no aceptan ir a ningún sitio. Están muy cerradas, por eso es importante actuar con rapidez cuando dicen que sí, porque quizás a los 15 días se echen para atrás». En Barcelona, una familia ha acudido a los jueces para forzar el ingreso en un hospital de su hija anoréxica, que se resiste a ser tratada. Pero Sara aceptó.
MÉDICOS Y MENTIRAS
Madre: Con eso no hay nunca problema, siempre tiene buenas palabras y dice «tranquila, que me voy a curar», pero luego... Yo creo que si al principio nos hubieran hecho más caso, no habríamos llegado a este extremo. Yo veía lo que le estaba pasando a mi hija, pero como no había llegado aún a una situación alarmante, no la trataron como necesitaba. Incluso me dijeron que la que necesitaba un psiquiatra era yo. Las consultas eran cada quince días y por diez minutos. También me gustaría que hubiera más coordinación entre los profesionales, echamos en falta unidades específicas para este problema. Luego vino la terapia de grupo. Nunca se lo he comentado a nadie, pero yo creo que ahí fue donde empezó a vomitar, que eso le facilitó aprender estrategias. Pero ella no me lo reconoce.
Hija: Sí, así fue.
Madre: Nunca me lo habías dicho.
El año pasado se cerraron más de 350 webs que incitaban a la anorexia y a la bulimia. En muchas de ellas, los jóvenes intercambian trucos para comer menos y engañar a los padres. Las terapias de grupo ayudan a los afectados en su proceso de curación, aunque en algún caso aislado puede suceder que las chicas aprendan allí información que, lejos de ayudar, las hunda más. Eso le ocurrió a Sara.
Hija: Veía a las otras y hacía competición: decía «ésa está más delgada que yo». Y cuando te están contando cómo lo hace otra gente para vomitar y esconder cosas, aprendes. Y no es que luego vayas con la mentalidad de poner en práctica eso, pero es así. Al principio no sabes nada de la enfermedad, pero acabas aprendiendo de calorías, de pastillas para dormir, de formas de comer bien... y de formas de comer mal. Tienes que querer salir por ti misma, porque por mucho que vayas a terapias, nadie va a comer por ti.
MALOS MOMENTOS
Los tres primeros años, las cosas fueron mal. Miriam atravesó todos las fases por las que suelen pasar los padres: primero el susto y el miedo; luego la culpa y el qué he hecho mal, y al fin, la comprensión.
Madre: Veía que por más que le dijera no servía de nada. Me engañaba. Ella me decía que todo iba bien y yo lo creía. Incluso llegué a negar en el hospital, cuando estuvo ingresada dos meses, que mi hija devolviera. Y salió de allí con menos peso. Nos hemos dicho de todo, ha afectado a toda la familia, pero ya no discuto, trato de sacarle la verdad, y si ella me lo quiere decir libremente y veo que tiene cierta coherencia, lo admito y si no, callo.
Miriam no sabe si podrá volver a confiar en su hija.
Madre: La relación está muy deteriorada, se genera mucha desconfianza porque se ha vuelto mentirosa. Ella me dice que no vomita, pero yo lo estoy viendo. Falta comida de la nevera y dice que ella no ha sido, pero no hay nadie más. Incluso llegas a dudar de ti misma. Por eso me ha ayudado ir a terapia familiar, necesito exteriorizar todo este sufrimiento, contarlo.
Hija: Es muy difícil reconocerle a mi madre que sigo vomitando porque para mí es algo malo, algo asqueroso. Para mí es muy importante la familia, porque antes no me quería dejar ayudar. Ahora intento crear algo de ambiente en casa, diálogo, aunque sean cosas superfluas. Hablar con mi madre de nada, porque nunca es de nada, y porque entiendo que ya no me crea, la he engañado mucho. Le cuento pequeñas cositas y a mí ya con sólo eso o con cenar con ella, aunque no nos digamos nada, y fumarnos un cigarro...
-¿Qué le dirías a tu madre?
-Lo que le digo siempre, que lo siento y que le agradezco la vida. Si no es por ella estaría muerta.
La voz de Sara se hace inaudible y su madre baja la cabeza.