Entre las cosas más extrañas que se han dicho estos días de alto el fuego permanente figuran las 'seguridades' de que lo que ha llegado es «una tregua trampa» -¿pero cómo lo saben?- o las quejas de que el texto hecho público por los terroristas no dice que se disuelven, piden perdón y entregan las armas. Tienen razón los que dicen esto, es una evidencia, pero imaginar que una nueva situación como la que se crea puede empezar con semejante declaración resulta demasiado sueño, creer que vivimos en otro mundo. Pero estamos en éste. Donde han campado a sus anchas las brutalidades, los desmanes, las coacciones, la violencia. Resulta absolutamente lamentable, pero es así. Y llevará su tiempo salir de ésta. ¿No sería mejor querer superar lo que nos ha pasado -lo que nos han hecho-, antes que insistir en que uno tiene la razón, en la pureza ideológica? Pues si se trata de demostrar todo el rato las integridades propias y denostar las perversiones ajenas, estamos aviados. Nos quedaríamos henchidos de felicidad por la demostración de esencias, pero cabe pensar que la inteligencia constituye también un valor democrático. Y que resulta más importante crear una salida, intentarlo, que regodearnos por lo mal que está todo y porque no hay salida.
Al oír los avisos de 'tregua trampa' parece que expresan deseos, no valoraciones fruto de los análisis. En un punto han estado aviesamente certeros. Si el alto el fuego termina en el desarrollo de la democracia (lo que llaman 'paz') nadie se acordará de quienes lo han dicho, y si alguien lo hiciese sus autores hasta podrían alegar que lo decían para advertir de los riesgos, no por otra cosa. Y si, confiemos que no, todo acaba mal, como el rosario de la aurora, nos recordarán su proclama y que 'ya lo decían ellos', para quedar como profetas. ¿Augures? Todo lo contrario. Más bien lo de jugar sin riesgos, el exhibicionismo del pronosticador de desastres que sabe que si no se producen ya nadie le mentará. Ojalá cambiemos página y queden también en el envés de la hoja que pasamos.
El comienzo del final llama a la esperanza de un futuro en libertad y con dignidad. Esto es lo que vale en estos momentos. No quiere decir que haya que olvidar los riesgos. Al fin y al cabo estos días los protagonizan terroristas, que hasta la fecha no habían dado ninguna muestra de cordura. Y si después de todo alguna tienen, a cualquiera de nosotros se le ocurren diversas circunstancias 'militares' que podrían estropear las ilusiones generales de que por fin la pesadilla se ha acabado. Ellos son, ellos han sido la pesadilla, pero como resulta improbable que se sientan así, los riesgos de que se chafe la salida democrática al terror son realmente altos.
Con todo, conviene el optimismo, por una vez. En las últimas tres décadas y pico éste es el momento en el que puede atisbarse con más pruebas algún final definitivo -permanente- del problema de los vascos, esto es, la utilización de la violencia para conseguir objetivos políticos. Como parece improbable que nadie piense que el final de la violencia serviría para esto mismo y si a alguien se le ocurre, hay mecanismos democráticos para recordárselo -hay serios motivos para la esperanza-. ¿Se imaginan un futuro en libertad? Conviene conjeturarlo. Sirve para vencer síndromes de Estocolmo, también para creer en el porvenir.
Al margen de cuestiones relacionadas con las concepciones militaristas de quienes por fin han dado alto al fuego, cabe citar algunos de los riesgos que tiene el proceso que ahora se inicia y que se adivina largo y complejo.
Del primero tenemos ya muestras estos meses, cuando se intuía lo que venía. Me refiero a la enorme facilidad de caricaturizar, denostar, ridiculizar y desprestigiar un mecanismo como el que se ha abierto. Los claroscuros que resultan imposibles de evitar según se avanza en el camino, las incertidumbres, los propios flancos que de forma imprescindible se dejan desde el punto de vista argumental, han proporcionado, facilitan y proveerán de ocasiones para sostener que el Gobierno está errado -no lo ha estado, por lo que se ha visto: conviene recordarlo-, que juega con la democracia y que nos vende. Además, este remate pasional, el de la venta de la democracia, tiene arrastre. Hay que reconocerlo. Resulta realmente sencillo cargarse de apariencias de avezado demócrata y después lanzarse contra todo lo que se mueva. Es más cómodo que los vericuetos del camino que nos viene. El final puede augurarse convincente y venturoso, pero las vueltas y revueltas que pueden mediar hasta entonces darán la posibilidad de escribir tesis completas sobre la ruptura de la Constitución. Sobre todo si hay voluntades políticas de este tipo. O por sontenella y no enmendalla, que así es el género humano.
Otro riesgo: la suposición de que uno tiene la razón -lo de antes, pero en otra línea- y de que la única solución es la propia. No la de otros, sino la propia, la auténtica. Esto ha sucedido ya. La imagen del lehendakari apresurándose ahora a hablar del plan de su nombre y a amenazar con mesas de las que estos días nadie se había acordado produce algún estremecimiento. ¿Tiene ya vela en este entierro del terrorismo, se la han dado? ¿O tan sólo se la autoadjudicado? Si fuese lo primero, resultaría insólito que no lo supiésemos. Si lo segundo, produciría alguna sospecha de exceso de autoestima. Y hasta vergüenza. Verdad es que el PNV nunca se había imaginado un final sin estar ellos en medio. Y que la teórica sobre cualquier fin del terror entendía que resultaba imprescindible en este empeño. Cuando parece que el aserto no funciona, convendría que mantuviese la calma, si, como ha venido asegurando de un tiempo a estaparte, de verdad cree que la sociedad vasca tiene solución y que está al alcance. ¿Sólo faltaba que el Gobierno de los vascos se convirtiese en una dificultad más para acabar con los años aciagos! Por si acaso, conviene pedirle mesura, cautela y prudencia. Que se piense las cosas un par de veces. O sea: que, como la mayoría de los vascos, confíe también en la esperanza. Dicho de otra forma, a lo mejor el camino que viene no pasa por sus ilusiones. Confiemos en que también el Gobierno vasco esté a la altura de las circunstancias.