El Correo Digital
Domingo, 26 de marzo de 2006
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OPINIÓN
EDITORIAL
La voz de las víctimas
Las organizaciones representativas de las víctimas de ETA hicieron público ayer un comunicado de especial relevancia para propiciar el amplio consenso que se requiere por parte del conjunto de la sociedad para que las instituciones puedan afrontar el final del terrorismo con la seguridad y el respaldo que tan delicada tarea precisa. Hay que reseñar el esfuerzo que implica para las víctimas sobrellevar su dolor y mostrar semejante sentido de responsabilidad y de compromiso con el futuro del País Vasco y del conjunto de España. Un gesto de generosidad y de solidaridad que engrandece su condición de pilares morales de nuestra sociedad. Durante décadas, cada atentado, cada asesinato, cada presencia de ETA ha sido un acto terrible para quienes perdieron a sus seres queridos, apartados de su vida por la sinrazón o condenados a una existencia quebrada y dolorosa. Una pesadilla recurrente que les hace revivir el horror con cada crimen y que la declaración del 'alto el fuego permanente' tampoco ha disipado. Es más, el pronunciamiento de ETA contiene en sí una gran carga de crueldad porque evidencia descarnadamente el sinsentido de tanta muerte y tanto daño, sin que ni siquiera medie un mínimo gesto de arrepentimiento o conmiseración. Un paso más en el largo calvario de las víctimas que magnifica su testimonio de serenidad y responsabilidad.

En su comunicado de ayer, las organizaciones de víctimas de ETA apelan a un elemento fundamental para afrontar el que pudiera, y debiera, ser fin del terrorismo: el consenso democrático. Y ello pasa, sin duda, por la recuperación de la unidad de los partidos, empezando, por supuesto, por las dos formaciones con mayor representatividad y capacidad de gestión, PSOE y PP, pero incluyendo a cada una de las fuerzas que creen en el Estado de Derecho. Toda la sociedad, las instituciones que la representan y los partidos que encauzan la voluntad ciudadana, tienen una deuda con este colectivo salvajemente agredido. Y la mejor manera de compensarla es respondiendo con hechos a su llamada al consenso. Las víctimas se ven protegidas y confortadas cuando la unidad política las arropa, y sufren el desamparo, e incluso la indefensión, cuando esta cohesión se resquebraja: y no hay mayor soledad que la que deja la violencia. En este momento decisivo y complejo, cuando la sensibilidad quedará a flor de piel, se les debe, cuando menos, un compromiso de unidad.

Las víctimas son la memoria, el testimonio vivo de la violencia asesina, los testigos de un envilecimiento que ya dura demasiados años. Y como tales constituyen un legado moral sin el cual será difícil que la sociedad, llegado el momento, pueda evaluar en qué condiciones y de qué naturaleza es la paz a la que accederemos. Porque las víctimas nos recuerdan permanentemente que no existe paz sin justicia. Y por mucho que ETA apele a ella, incluso antes de dejar las armas, no hay más justicia que la representada por el Estado de Derecho, como tampoco existe otra vía para restañar heridas y superar el daño causado que la que pasa por asumir el mal producido, demostrar arrepentimiento y pedir perdón. Sólo con esta reparación moral se podría llegar algún día a hablar, incluso, de reconciliación. Pero los únicos legitimados para ello son quienes atesoran la memoria directa, íntima y lacerante de las víctimas. Y ayer mostraron, una vez más, su generosidad con una sociedad a la que ya han entregado jirones de su vida.



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