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Jueves, 30 de marzo de 2006
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Si usted ha conocido los pabellones de Adurza, que representaban algo así como el emblema del desarrollo industrial de la ciudad, vaya despidiéndose de la imagen que conocía. Lo que antes era ejemplo de productividad incesante es ahora una zona casi desierta, un territorio de máquinas inservibles, si es que queda alguna, de oficinas deshabitadas y de cierta sensación de pista desolada. Pero no se asusten: todo va bien, o parece que va bien porque no se ha quejado nadie.

Esa zona van a ocuparla 904 pisos. Donde estuvieron Esmaltaciones San Ignacio, los antiguos depósitos de Campsa o Pemco van a estar casas habitables, unas sorteadas por el Ayuntamiento y otras a merced de las inmobiliarias a precios controlados. Todo suena bastante bien, o bastante menos mal que otros proyectos parecidos.

La ciudad cambia a ritmos trepidantes, unas veces en la buena dirección y otras en dirección contraria, algo que parece normal si uno admite como normal lo que sucede sin haberlo pedido. Sé que muchos ciudadanos evocarán la tensión fabril y también febril que se respiraba en los aledaños de Esmaltaciones. Todo cambia, y no siempre para seguir igual. Sobre todo el paisaje. c.p.uralde@diario-elcorreo.com



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