Durante años las hipótesis en torno a la evolución de ETA no han conseguido despejar del todo la incógnita de quiénes y cómo decidían el rumbo de la banda. Incluso han sido más que razonables las dudas sobre si realmente existía alguien o algún colectivo capaz de adoptar en ETA una opción distinta a la de la inercia terrorista. La decisión del «alto el fuego permanente» presupone la existencia de un liderazgo capaz, cuando menos, de formular la síntesis entre las diversas inclinaciones que puedan convivir en ETA, y de hacerlo con la más que evidente intención de preservar la unanimidad en la trama clandestina. Pero probablemente lo que decantará el definitivo liderazgo será la gestión que dicha organización haga del paso anunciado. Algo semejante ocurrirá en el seno de la izquierda abertzale, a cuyo frente se ha situado una Mesa Nacional designada con anterioridad a la declaración de «alto el fuego», pero cuya composición se ideó probablemente ante la previsión de tregua. También en este caso será la gestión de los prolegómenos del proceso de paz la que acabe identificando el liderazgo individual y colectivo en el seno de la actual Batasuna y las siglas aledañas. Aunque hoy se supiera quiénes y cómo han guiado los pasos de ETA hacia la tregua, sería imposible predecir a ciencia cierta quiénes serán más capaces de echar definitivamente la persiana del terrorismo.
Pero la tregua induce efectos comparables también en los partidos democráticos y en su relación con las instituciones. No hay más que preguntarse si, por efecto del alto el fuego, Juan José Ibarretxe repetirá o no como candidato a lehendakari en las próximas autonómicas. O si, en estas circunstancias, no hallará Eusko Alkartasuna un argumento añadido para deshacerse de su compromiso con el PNV ante los comicios locales y forales de la próxima primavera. Basta con contemplar cómo la figura de Rodríguez Zapatero fue aupada también por el alto el fuego en medio de una comprometida reunión de la Unión Europea. O valorar la relevancia gestual de que no fuese Acebes el portavoz de la ejecutiva popular al término de la reunión del pasado lunes. Si la foto fija del comunicado de ETA ha suscitado todas esas consecuencias, qué no ocurrirá con la gestión política del tiempo que se abre ahora. La propia decisión del presidente de establecer un canal exclusivo de comunicación con Rajoy no sólo compromete personalmente al líder de la oposición. Al mismo tiempo, contribuye a afianzar la tantas veces incierta posición del líder popular al frente de su partido en esta materia. No hay como un alto el fuego para saber quién manda dentro de las organizaciones y partidos protagonistas de esto que probablemente pueda acabar denominándose «proceso de paz». Aunque también los conceptos se han visto afectados por la declaración de tregua. Por eso, especialmente desde el miércoles, se le oye a la izquierda abertzale hablar de «proceso de solución»: para no entramparse con la paz.
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