Imaginad que necesitáis un trasplante de corazón, sabiendo que es vuestra única esperanza de seguir con vida. Imaginad que tras la dura espera y la incertidumbre de si habrá o no un posible donante, llega el esperado órgano. Seguro que comprendéis el enorme agradecimiento que siente el trasplantado y su familia ante la nueva vida recibida. Es impagable, y nos recuerda la esencia misma del humanismo: dar incondicionalmente.
Me estremezco al conocer a personas que, en pleno dolor por la muerte de su hijo, tienen la humanidad de donar los órganos. ¿Realmente admirable! Es un gesto que constata nuestra evolución desde el egocentrismo hasta la empatía en grado absoluto. Como decía Raquel, «a la muerte no hay que regalarle nada».
Aunque las estadísticas nos hablan de Euskadi como uno de los lugares con mayor número de donaciones, la realidad concreta resulta muy dura en ocasiones para las personas en lista de espera. La incertidumbre, la espera del teléfono noche y día, las primeras semanas, los meses, el año no es fácil convivir con esta incógnita. En la espera aparecen dudas y temores que confunden en ocasiones sobre la fiabilidad del sistema, pero en realidad es la ansiedad lógica de una espera difícil, pues la ecuanimidad del sistema de donaciones está fuera de toda duda, es decir, no hay preferencias. Imaginaos si no lo que esto supondría
Informar a la familia del fallecido sobre la donación de órganos resulta muy delicado, pues en ello va la salvación de varias vidas y es clave la comunicación. Es necesario tener tacto, humanidad, claridad ética y empatía. En poco tiempo se necesita informar y recibir el consentimiento de la familia. Además el dolor de la muerte provoca en ocasiones resentimiento, que dificulta informar sobre la donación de órganos. Por ello los profesionales en coordinación de trasplantes merecen una mención especial. Formación, honestidad y profesionalidad a raudales son indispensables en una labor tan destacable como necesaria.
Hace tiempo aprendí de la bioética que lo importante era distinguir entre los criterios de beneficencia y maleficencia, de cara al paciente. Es difícil entrar en la franja moral de la familia donante, aquí la palabra esperanza cobra mucha importancia. No esperanza de curarse, ni de resucitar sino de sanarse existencialmente al transferir la vida cuando esto aún es posible. Entiendo que atrás quedaron los mitos y falsas leyendas sectarias sobre la no donación de órganos. Respeto la dificultad y la decisión de una familia ante la no donación, y entiendo que otra cosa bien distinta es hacer dogma de ello basándose en una creencia contra-científica. Supongo que la legislación tiene claros estos aspectos y pone el límite ético frente a la creencia egocéntrica.
La incineración ha crecido mucho en los últimos años y, en coherencia con ello, la donación de órganos también parecería ir en la misma dirección, pero según los afectados las cosas no son siempre de tal manera. Pero, ¿cómo se puede deir sí a la incineración y no a la donación de órganos? La necesidad de órganos donados es imperiosa. Es tanta la gente que muere como un pajarito en la lista de espera... Ante el milagro de la ciencia, no pongamos la limitación individual. Educarnos en la donación de órganos como manera de trasmitir a nuestras futuras generaciones un mensaje claro al respecto es mi objetivo al escribir estas líneas.
Tú que estás leyendo este artículo, si te toca el difícil trago de la lista de espera, recibe mi ánimo y esperanza en que alguien sea capaz de compartir contigo el viaje de la vida. Y tú que recientemente has donado los órganos de tu hijo, recibe mi reverencia ante tal prueba de humanidad. Gracias por el regalo de la vida y ánimo esperanzado a los que aguardan.