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Jueves, 30 de marzo de 2006
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Afganistán
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Ninguna guerra instaura la paz y la cultura; la Revolución francesa no logró imponerse en España a bayoneta limpia, y mientras los españoles gritaban 'vivan las cadenas', se nos iba desangrando el país contra las tapias de los cementerios y Goya pintaba los rostros desencajados de aquellos presuntos emancipados del oscurantismo. Tampoco la 'democracia' se impone en Afganistán por entre los uniformes de los soldados.

Que nadie se crea las intenciones de Napoleón por regalarnos la libertad, la igualdad y la fraternidad; que nadie sospeche una buena intención en las nuevas 'guerras para imponer la democracia'. Si una pizca de verdad hubiera en tales intenciones, controlarían los invasores que las leyes bajo cuyo mandato suben a los tanques se cumplieran. Sin embargo, Abdul Rahman fue juzgado en Afganistán por haberse convertido al cristianismo. Es probable que le apliquen la sharia saltándose el Pacto internacional de derechos civiles y políticos supuestamente firmado por quienes hoy fingen gobernar uno de los países más larga y tenazmente combatidos, tan sólo por el delito de ser camino de paso entre la riqueza y quienes la compran. Los libertadores miran a otro lado: mientras se maten entre ellos no intervienen; tampoco ante las miles de mujeres maltratadas, ni las niñas encerradas en sus casas sin escolarizar.

Los fanáticos de imponer 'su' democracia por las armas, se vuelven ciegos si se saltan a la torera en aquellos países 'amigos', incluso propician, festejan y financian, a los dictadores -del signo y religión que sea-, mientras resulten convenientes.

Y en medio de los tambores de guerra, del fanatismo de todos los signos y colores, resulta cada vez más difícil poder escuchar a quienes defienden que frente a la barbarie sólo cabe la alternativa de la cultura, como Léopold Sédar Senghor, poeta, político y hombre de cultura que llegó a gobernar Senegal mientras escribía libros de poemas y festejado hace unos días en Oviedo el Día Mundial de la Poesía.

Si no se financiaran gobiernos despóticos que propician la explotación y miseria de su propio pueblo para que las materias primas no falten en el Primer Mundo y se invirtiera en escuelas, hospitales, libros, papel y lápiz... ¿Quién diablos necesitaría iniciar una cruzada para liberar a nadie?

Que nos invadan oleadas de poetas, que lancen libros a través de los cañones... Tal vez entonces podamos creer en sus buenas intenciones.



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