Después de depositar su papeleta en un colegio del barrio de Talbiya de Jerusalén en compañía de su marido a primera hora de la mañana, Aliza Olmert aprovechó el martes su último día de 'libertad' para recorrer el barrio ultraortodoxo de Mea Shearim con una cámara de fotos.
En su última salida sin guardaespaldas, visitó en solitario las pintorescas callejuelas de Mea Shearim inmortalizando los pasquines y carteles electorales que empapelaban las paredes, casi todos pertenecientes a partidos ultraortodoxos y a grupos antisionistas.
Aliza, que lleva cuarenta años de convivencia con su marido y que procede de una familia pacifista, votó el martes por primera vez a su marido, pero reconoció que lo hizo «con muchas dudas». Cuando le preguntaron por qué no estaba al lado de Ehud Olmert en una jornada tan especial para él, Aliza respondió señalando a la cámara: «Esto es lo que ahora me interesa. Cada uno de nosotros tiene su propio mundo y nos respetamos mutuamente».
Aliza tiene el cabello corto y teñido de rubio, viste con modestia y es una mujer con personalidad propia, madre de cuatro hijos biológicos y una niña adoptada, que nunca ha ocultado sus ideas progresistas y pacifistas, bien contrarias a las de su marido.
Las ideas de todos los hijos del matrimonio son igualmente avanzadas, una circunstancia incómoda con la que se ha acostumbrado a vivir Ehud Olmert, miembro de una familia de ideología derechista y extremadamente nacionalista que militaba en el partido Herut, el antecesor del Likud.
«No tengo dudas de que el ambiente de casa ha influido en él. Hemos conversado mucho sobre el conflicto con los palestinos con nuestros familiares y amigos», explicó ayer Aliza al diario 'Yediot Ahronot'.
El momento más difícil en su vida se produjo en 1993, cuando su marido fue elegido alcalde de Jerusalén por el Likud y Aliza tuvo que 'tragarse' todos los discursos nacionalistas que Olmert pronunciaba en congresos, conferencias y recepciones.
Aliza cree que Ehud ha moderado sus posiciones en gran medida gracias al trato cotidiano con su entorno, incluso confesó que el pasado martes le votó superando todas las incógnitas que en ella despiertan las convicciones del nuevo primer ministro electo. Para Aliza, haberse convertido en la primera dama de Israel «no representa ningún placer personal».