La cárcel ha estado ligada, por distintos motivos, a la vida de Arnaldo Otegi. Con apenas 20 años, escapó a Francia para huir de las Fuerzas de Seguridad del Estado, que le perseguían por su supuesta relación con los 'polimilis'. Detenido por los gendarmes mientras paseaba en bicicleta, fue entregado por Francia en 1987. Acusado de tomar parte en varias acciones, entre las que destacaban su supuesta participación en los secuestros de los dirigentes de UCD Javier Rupérez y Gabriel Cisneros, fue absuelto de ambas imputaciones, pero condenado por pertenencia a ETA, por lo que permaneció tres años en prisión.
Desconocido para la opinión pública, empezó a trascender gracias a su trabajo en el Parlamento vasco, al que accedió el 27 de septiembre de 1995 en sustitución de Begoña Arrondo.
La cárcel volvió a cruzarse en su trayectoria, pero de forma bien distinta. Su papel dentro de Herri Batasuna cobró relevancia a partir de diciembre de 1997 cuando, junto con Joseba Permach, fueron nombrados portavoces de la comisión gestora provisional que sustituyó a la mesa nacional, que fue encarcelada por la emisión del vídeo con la Alternativa Democrática en el que intervenía ETA durante una campaña electoral. El entonces jefe indiscutible de la dirección de HB, Rufi Etxeberria, presentó a Otegi a sus contactos en otros partidos como interlocutor de la izquierda abertzale. En febrero de 1998 ocupó la portavocía de la nueva ejecutiva de Herri Batasuna de forma oficial.
A partir de este momento, con el acuerdo de Lizarra en ciernes y la consiguiente tregua indefinida de ETA, Arnaldo Otegi acaparó un gran protagonismo que le permitió demostrar sus acreditadas dotes de orador. Asimismo, su discurso integrador, muy similar al de estos último meses, le proporcionó un aura de persona dialogante y transigente. Unas características hasta entonces poco conocidas en las filas de la izquierda abertzale.
Su carisma le convirtió en líder indiscutible de la izquierda radical y se le llegó a calificar como el 'Gerry Adams vasco'. Él, no obstante, repartía méritos y en una entrevista publicada en 'Gara' hace un año aseguraba que «la izquierda abertzale es un Gerry Adams colectivo».
Su 'estrella', sin embargo, empezó a cambiar con la ruptura de la tregua de ETA a finales de 1999 y el primer atentado mortal en 2000. El mismo Otegi que defendía la vocación política de la izquierda abertzale unos meses antes, entendía ahora la utilización de la violencia para la consecución de objetivos políticos. De hecho, no era extraño verle portando el féretro en funerales de miembros de la banda.
La rama de olivo
Estas incongruencias le pasaron factura y perdió la credibilidad que se había labrado durante meses entre las filas de rivales políticos. La crueldad de los atentados de ETA era en esos momentos inversamente proporcional a la popularidad de Otegi, que empezó a ser acusado de «utilizar un doble lenguaje». Sus declaraciones y mítines le costaron múltiples citaciones judiciales por apología o enaltecimiento del terrorismo.
Paradójicamente, su suerte comenzó a cambiar a partir de la ilegalización de Batasuna, el 17 de marzo de 2003. El aislamiento político en el que sumió esta sentencia del Tribunal Supremo a la coalición, dañando seriamente su organización interna y minando la movilización de sus bases, obligó a la formación a abrirse y entablar contactos con múltiples agentes políticos, sindicales y sociales del País Vasco. Otegi volvió a revelarse aquí como el principal interlocutor de la izquierda abertzale con dirigentes de peso como el socialista Jesús Egiguren o el peneuvista Joseba Egibar.
Los atentados del 11-M de 2004 en Madrid, curiosamente, devolvieron a Arnaldo Otegi a la palestra, cuando a primera hora de la mañana, desde 'Herri Irratia', se apresuró a asegurar que no contemplaba «ni como hipótesis» que los causantes de la matanza estuvieran relacionados con ETA. En noviembre de ese mismo año, Otegi presentó solemnemente, con una rama de olivo en la mano, la propuesta de Batasuna «de resolución del conflicto» en Anoeta. Un nuevo giro radical de discurso le acercó a las claves de Lizarra, pero sin construcción nacional y con nuevos conceptos como los acuerdos transversales y entre diferentes, lo que le ha convertido en uno de los protagonistas políticos en el País Vasco en el último año.
En plena vorágine de contactos entre el Gobierno y ETA y de la posible apertura de un proceso de paz fue enviado a prisión por el juez de la Audiencia Nacional Fernando Grande-Marlaska el pasado mayo -eludible con una fianza de 400.000 euros, por lo que pasó una noche-, «como dirigente del entramado terrorista». Esta situación generó numerosas reacciones, entre las que destacaron las provenientes de la propia izquierda abertzale, que no dudó en llamarle «símbolo y referente». Algunos de estos calificativos se han repetido ante la citación de ayer, con la diferencia de que varios provenían, incluso, de relevantes militantes socialistas y peneuvistas.