El Correo Digital
Viernes, 31 de marzo de 2006
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OPINIÓN
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Carné de amigo
Ha sacado la Esquerra catalana un 'carné de amigo'. Es para los que son y no son del partido, para los inciertos entre 'los nuestros'. Los partidos en España (y en Cataluña) tienen un pequeño problema con esto de los independientes, de los amigos, los sin carné. No hay un sitio para ellos. El afiliado de carné vive en el partido, conoce los ritos, disfruta de los éxitos y asume las desgracias. El amigo independiente pasa por allí, echa una mano, pone el careto para renovar y hasta prestigiar, si acaso, la imagen del partido, pero no está por la labor de militar, de intervenir y responder con la obediencia que reclama la etimología de esa palabra. Prefiere ir por libre.

Y es un problema, de los partidos y de la política española, de responsabilidad de los partidos y de los ciudadanos. Los partidos tienden a la endogamia y a reproducir la sociedad en un formato mini que es el que acaba repartiéndose el poder. Al final, la gestión de la sociedad se trajina entre unos pocos, entre una nueva aristocracia, que se recluta precisamente entre quienes dan el paso de tener carné. El asunto al final tiene que ver con dos actitudes convergentes: la de una minoría que se implica y que, como consecuencia, está en el lugar donde puede ser fichada para gestionar lo público; y la de una mayoría que pasa, que sabe lo que pasa pasando, pero que prefiere que, mientras no reviente la cosa, ésta la maneje la democracia de partidos en que vive. Entre medio están lo sin carné, que acceden a una parte de la capacidad para gestionar la sociedad pero que tampoco están en el meollo de las decisiones fundamentales en parte porque no han mostrado interés en ello. Lo de la vicepresidenta del Gobierno, sin carné todavía y 'número dos' de la cosa, es para hacerle un busto de cuerpo entero por impugnar esta manoseada teoría que aquí expongo.

Entre los sin carné hay de todo. Hay diputados independientes, cargos de confianza de responsabilidad política y cargos de confianza de gestión técnica. Es difícil deslindar estos dos últimos campos pero no imposible, sobre todo para quien los nombra. Independientes de alto nivel se retratan cada mes a favor del partido. Éste les descuenta un trozo de su nómina, como aportación a quien les puso allí y en demostración de la comunión de los sin carné con su provisional partido. Las formaciones políticas, a falta de una ley de financiación como dios manda, rebañan de aquí y de allá, acumulando financiaciones públicas de los Presupuestos del Estado, de la compensación por resultados electorales, del gobierno autonómico de tal sitio, de la diputación, de un ayuntamiento, de una sociedad pública o de lo que se preste. No es necesario fijar cuantías de financiación partidaria; a veces vale con establecer cuotas de nombramiento de técnicos o apoyos, que indirectamente acaban aportando a las arcas del partido. La ausencia de una ley de financiación clara y sin complejos, donde la mayoría pague con transparencia a los partidos el trozo de responsabilidad que les confiere a la hora de gestionar lo público, da lugar a que se recurra a esta suma opaca de aportaciones que, en su casi totalidad, siguen procediendo de los fondos públicos.

Pero el 'fontanero' de la Esquerra ha confundido la tipología de personajes sin carné y ha hecho tabla rasa. No es extraño el error si tenemos en cuenta que él mismo es 'fontanero' privado del partido y cargo de responsabilidad pública en el trozo de pastel institucional que maneja ERC en el tripartito. Esta confusión es demostrativa de los pecados de la gestión pública. Algún conseller de la Generalitat, de la Esquerra o no, ha podido nombrar o renombrar a un profesional independiente, capaz, formado y leal con la administración de lo público, para gestionar un área de su departamento. Esa persona hará su trabajo sobre todo con el criterio de rectitud que le marca una lógica de gestión que afortunadamente existe en nuestra administración, y que es lo mejor de la misma. Afortunadamente, más allá del ir y venir de siglas al cargo de una cartera, hay una administración dirigida por gente que no sabe de partidos sino de hacer su trabajo lo mejor posible y con la mejor aportación al servicio público de que es capaz. De esos hay en la cúspide de la administración y en los niveles más bajos de la misma, igual que hay paniaguados bien colocados en un despachito, que pagan sin rechistar la sisa del partido, ¿y contentos con lo que sacan!, y funcionarios rasos de no dar un palo al agua y que sólo se esfuerzan para denunciar el mísero sueldo que dicen cobrar.

El 'fontanero' Xavier Vendrell se lo ha puesto difícil a esos niveles medios y altos de la administración, sin carné. El 'carné de amigo' marca una frontera, de manera que desde ahora se es o no se es, a todos los efectos, empezando por el principal, el de la pasta. Así que el que haya conseguido resistir en su puesto a dos o más siglas distintas, en lugar de ser reconocido como buen profesional, será denunciado como chaquetero. El técnico que tenga que tomar una decisión comprometida, le devolverá el trago al primer responsable con carné que tenga a mano. Y así hasta mil, hasta desvitalizar las posibilidades de autonomía que afortunadamente atesora cualquier administración como lo más sano de la misma.

En Estados Unidos dicen que cuando cambia la administración de color cambian hasta el último portero de un museo. Es una manera de actuar extraña a nosotros que, sin embargo, tiene mecanismos de control y de transparencia en consonancia con la radicalidad de la medida. En Italia funcionaron durante décadas con un pentapartido, un sistema de cuotas de poder que iba de la televisión, también, al último museo. Lo público y lo privado de la política se esfumaron confundiéndose. Todo era una misma cosa. Y acabó como acabó, con Berlusconi y toda la tropa anterior. No es cosa de elegir; sólo de tomar nota.



Vocento