Estoy bien en este lado. La paga no es gran cosa, pero el aire está limpio» (lo decía Gene Hackman a los mafiosos que trataban de sobornarle). El aire es la mejor metáfora de lo que somos. Aquello que exigimos trece veces por minuto, que decía Gabriel Celaya y cantaba Paco Ibañez. Lo que no vemos pero nos ocupa, el aire. Lo que nos da vida o nos envenena de la manera más discreta y eficaz. El entorno en que nos encontramos. El ambiente del que aprendemos. El oxígeno o el monóxido que absorbemos. El elemento en el que hemos sido instalados. Según la definición del 'Diccionario del diablo': «Aire, nutritiva sustancia suministrada por una generosa Providencia para engorde de los pobres». Es decir, lo mínimo con lo que uno debería contar: aquello a lo que todo el mundo se supone que tiene derecho. En realidad, qué es la patria sino el aire. Una cierta tonalidad de la luz, una cierta humedad en la atmósfera, una cierta calidad (y calidez) del aire que respiramos, un cierto aroma familiar. Pero el aire puede no estar limpio. Puede no ser libre, eso lo sabemos. Puede estar cargado. Y cautivo. Discúlpenme este tono errático y quizá demasiado literario, pero creo que aquí el aire ha estado cargado durante demasiado tiempo. Ahora parece que por fin se va a poder ventilar esto: se abren las ventanas y se orea la casa. Así que es lógico que la gente se alegre. Es lógico que nos alegremos todos. ¿Pero es necesario aplaudir? ¿Es necesario brindar con champán? No lo sé. Yo de momento prefiero llenarme los pulmones al aire libre. Salir a la calle, dar un paseo. Quizá sea esto lo más difícil de aprender ahora. Durante tanto tiempo hemos estado respirando un aire intoxicado que ahora puede hasta sorprendernos aspirar de repente un poco de aire puro. Porque uno de los efectos más perversos de la existencia de ETA ha sido ése: el enrarecimiento del aire, la creación de una atmósfera de invernadero, la búsqueda de un entorno asfixiante e irreal. Es curioso, porque esta misma semana, sólo unos días después del anuncio del fin de ETA, Ronald K. Noble, el secretario general de Interpol, ha señalado que la amenaza bioterrorista es real, y que el nuevo terrorismo internacional (en especial Al-Qaida) está interesado en utilizar armas químicas (como el ántrax o el gas sarín) en sus próximos atentados. O sea, que amenazan con envenenar el aire. Como aquel gurú loco de la secta japonesa 'Verdad Suprema' que en 1995 causó la muerte a trece personas e intoxicó a más de cinco mil en el metro de Tokio. Casualmente, el pasado lunes fue confirmada su pena de muerte por el Tribunal Supremo japonés. En fin, qué manía con no dejar respirar en paz a la gente.