Muchas veces a lo largo del día nos encontramos con gentes diversas a las que une una característica común: la de no tener nada que hacer. Las vemos en el bar, en el banco de la plaza, en la cola del banco, en la farmacia, en estricta observación de las obras públicas e incluso en la estación de Renfe viendo, como aquel personaje de Simenon, cómo pasan los trenes. No tienen prisa, no van a ninguna parte y no parece albergar ningún deseo concreto en esta vida. Yo me los encuentro cada jornada, impasibles, sedentarios, sin más intereses que los inmediatos y hartos de atender a las palomas.
Son gentes apacibles, por lo general de edades elevadas, unos ataviados con raciales boinas y otros provistos de rotundas cachavas con las que, en un arranque de ira instantánea, podría desbaratar el esqueleto de usted de un golpe certero en el sitio adecuado. Y les aseguro que, no se sabe por qué, siempre saben cuál es el sitio adecuado.
Pueden encontrarlos en cualquier parte si miran bien. En la Virgen Blanca, por ejemplo, en los Arquillos, en las populosas zonas del centro, en algunas lagunas habitadas del Casco Viejo o en las proximidades de unos grandes almacenes, en este caso ejerciendo de marmolillos impasibles. No tienen aspecto de interesarse realmente por nada ni de que nadie se interese por ellos.
Pero hay un aspecto curioso: en la inmensa mayor parte de los casos se trata de varones. Ellas acuden a la compra, visitan al médico, acarrean bolsas y no tienen nunca tiempo para nada. De esa manera compensan la inmensa fatiga voluntaria de sus cónyuges, que una vez liquidada su presencia laboral se encuentran perdidos en una jungla cuyo miembro más peligroso será un perro callejero o una paloma con diarrea.
Y un día morirán de pura desidia vital y aquí quedarán sus viudas, siempre más longevas que ellos y activas como de costumbre. Son cosas que pasan y que sólo por aproximación sabemos cómo pasan. Ser un jubilado con mando en plaza es una cosa, pero serlo sin mando pero en la plaza de siempre se parece mucho a una maldición consumada. Me lo han contado ellos mismos muchas veces.
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