Dice el dicho proverbial que por la noche todos los gatos son pardos y también dice que la noche es un refugio irremplazable para perderse después de un día, una semana o toda una vida deseando no ser reconocido por ahí. Vitoria, ciudad aburrida donde las haya, cuenta con vías de escape nocturnas que funcionan cuando los bares comunes cierran sus puertas, la calle es un desierto sin dunas aunque con camellos y uno escucha sus pasos sobre el asfalto cuando camina por ahí en busca de una casa que algunas veces no encuentra. Quiero decir que hay una ciudad oculta en algún sitio y que tampoco tiene que ver con el botellón ni la salsa tonta: se trata de pubs en los que es posible escuchar a un grupo ejemplar tocando música rock, jazz, blues, reggae o lo que usted busque. Y en vivo y en directo, y a cambio de un pelotazo con hielo de cuya resaca uno ya se recuperará cuando los dioses quiera.
He de reconocer que después de una vida dedicada a los desmanes nocturnos, hace tiempo que no visito los nuevos locales, las nuevas músicas y los nuevos portentos locales, pero me lo cuentan mis amigos irreductibles que aún siguen dejándose la piel en las esquinas y a los que veo en la mañana del domingo con cara de cera y oratoria tan escasa como balbuceante. No les envidio, pero de alguna manera les admiro: hay que saber retirarse a tiempo de las euforias nocturnas con alto componente etílico y los expertos en eso lo sabemos mejor que nadie. No hay nada tan insufrible como una resaca: yo dejaré de salir por la noche después de una jarana épica que no ha añadido nada a mi por lo natural admirable estado físico, y mucho menos al mental. Prefiero levantarme con todos los sentidos en su sitio sin sospechar que he perdido alguno en el camino y ya no sabré nunca donde me lo dejé.
Pero a lo que iba: últimamente proliferan por ahí conciertos magníficos que pueden verse y escucharse en pequeños locales, como en los tiempos de las cavernas de Londres o del Village, aquellas épocas en las que podrías encontrarte a un genio inmortal sobre una tarima de madera envuelto en una nube de humo.
No voy a comparar porque seria estúpido, pero les aseguro que hay por ahí grupos espléndidos capaces de acelerar la adrenalina estética del tipo más impasible. Y no exagero: en más de una ocasión he asistido a pequeños conciertos en los cuáles uno no sabía si estaba oyendo a John Mayall o a Pepe Ramírez, ese vecino de barrio que esconde su genialidad durante el resto de la semana bajo el disfraz de un anodino empleado bancario. Y uno sale del pub con el bolsillo pelado, pero con los oídos envueltos en papel de celofán.
Siempre les he contado que muchas veces me gustaría vivir en una ciudad distinta a esta, más vivaz y creativa, pero una vez asumido que no es posible me conformo con los conciertos de pequeño formato (los de gran envergadura nos los dan en dosis homeopáticas) que pueden disfrutarse por la noche en un pub o en un bareto acondicionado. También hecho de menos, viva la nostalgia de lo que nunca se ha vivido, un local en el que ligar con una rubia (o morena, da igual) mientras un pianista negro toca 'As tears go by' al piano y las aspas de un ventilador renuevan el ambiente. Hay otra ciudad que ustedes se están perdiendo, distinta de las horrendas discotecas mareantes de las que usted sale lelo, con la cabeza en estado de letargo y los pies bobos. Y les aseguro que se toca música de primera clase, cuya ejecución corre a cargo de músicos excelentes que se lo pasan en grande demostrando su talento cada noche. Las copas son caras, pero díganme qué no es caro en estos días.