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Domingo, 2 de abril de 2006
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POLÍTICA
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OPINIÓN/Hacer la paz y no la mesa
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Siempre hemos sabido que el final del terrorismo provocará una profunda conmoción en la comunidad nacionalista, que se verá sometida a nuevas y viejas tensiones políticas. La lucha por la hegemonía en el campo nacionalista, tan vieja como la existencia misma del nacionalismo vasco, rebrotará con nueva fuerza en un escenario político sin violencia. Será entonces cuando la ideología nacionalista se manifieste como lo que realmente es: un contenedor metaideológico donde cabe cualquier tipo de proyecto político y social. La desaparición de la violencia de ETA resquebrajará las fronteras internas del campo nacionalista vasco, las mismas que cumplían la doble función de convertir a los diversos grupos nacionalistas en vecinos mal avenidos, sí, pero vecinos al fin. La desaparición de ETA (cuando ETA desaparezca) creará las condiciones de posibilidad para que los contrabandistas, aquellos que aún con violencia se han especializado en cruzar las fronteras entre los nacionalistas, transformen su hasta ahora negocio personal en una auténtica empresa política orientada a la reconstrucción electoral del nacionalismo. Todo esto ya lo sabíamos. Lo que no sabíamos es que estas tensiones iban a aflorar tan pronto.

Cuando aún no podemos confirmar si nos encontramos en el inicio del comienzo del fin del terrorismo ya hay quienes se apresuran a proclamar el final de esa especie de ley seca que el nacionalismo se ha visto obligado a aceptar como consecuencia de la violencia. Hay que recordar que algunos sectores del nacionalismo vasco, aquellos que convencionalmente podemos considerar más soberanistas, nunca han dejado de expresar su insatisfacción por el hecho de que la existencia del terrorismo les obligaba en la práctica a posponer o a relegar a un segundo plano sus reivindicaciones. Esta y no otra es la causa principal de la crisis terminal que en enero de 1997 afectó al Acuerdo de Ajuria Enea. Dando por probado el final de ETA, son esos mismos sectores los que animan al nacionalismo a olvidar cualquier restricción y a reivindicar abiertamente su programa máximo. Al margen de la legitimidad de tal apuesta, que no cuestiono, considero un grave error el programa de 'solucionismo-definitivista' en el que se han embarcado no sólo determinados sectores nacionalistas sino la misma Ezker Batua.

Soy consciente de que, en un contexto de competencia electoral permanentemente abierta donde el equilibrio entre mayorías y minorías resulta ser tan estrecho como inestable, cualquier recomendación de tranquilizar los tiempos y de reposar los objetivos será interpretada como una mera treta. Por el contrario, yo sostengo que tal cosa no es sino un ejercicio de responsabilidad. Por eso debemos destacar la actitud del presidente del PNV, Josu Jon Imaz, quien tras su encuentro con el lehendakari Ibarretxe no ha dudado en afirmar: «Lo que toca ahora es verificar que la violencia ha desaparecido y se puede activar el diálogo». Le lloverán las críticas. No deberían faltarle los reconocimientos.

i.zubero@diario-elcorreo.com



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