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Lunes, 3 de abril de 2006
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ÁLAVA
«Quería seguir viviendo con su hija, a pesar de que la golpeaba»
La oficina de la víctima consigue que una anciana denuncie las agresiones físicas a las que era sometida
«Quería seguir viviendo con su hija, a pesar de que la golpeaba»
El abogado del servicio asesora a una víctima. / NURIA GONZÁLEZ
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Rosario es el nombre ficticio que oculta la identidad de una anciana alavesa atendida en el Servicio de Asistencia a la Víctima -SAV-. La mujer, septuagenaria, convivía con una hija soltera que le maltrataba físicamente de forma reiterada.

El SAV tuvo conocimiento de este caso de violencia familiar a través de terceras personas, ya que la abuela se negaba en redondo a denunciar a su agresora. «Tenía una dependencia psicológica muy fuerte, algo muy común en las personas mayores», relata el coordinador de la oficina de la víctima, José Miguel Fernández.

El caso no ha sido fácil de resolver y eso que las lesiones físicas que presentaba la anciana «eran muy importantes». Y es que, pese a la incredulidad de médicos, psicólogos y trabajadoras sociales, Rosario se empeñaba en explicar cada moratón, herida o rasguño como una consecuencia directa de un «golpe contra un armario o de haber rodado por las escaleras de casa».

Sin quererlo, la abuela alavesa ha sido «al mismo tiempo víctima y cómplice de su propio calvario». Para romper este «círculo vicioso», lo primero que hicieron los trabajadores del SAV fue contactar con otros hijos, con los que Rosario había perdido la relación porque la maltratadora «ya se había ocupado de aislarla del resto de la familia» hasta el punto de que la «mujer estaba sola, no tenía a nadie a quien acudir».

Conseguir pruebas

Esto explica su negativa a denunciar a la hija con la que vivía. «Nos decía: 'si no vivo con ella, qué voy a hacer yo sola'. Era tremendo», agrega el coordinador del SAV.

La cerrazón de la anciana a poner fin a su situación dificultó la tarea. «La consecución de pruebas fue complicada. Hubo que lograr la intervención del fiscal, del juez, de los servicios sanitarios y sociales», detalla.

El esfuerzo mereció la pena. La mujer terminó por reconocer que su hija le pegaba. Ahora está al cargo de sus otros hijos y «ve las cosas de otra manera», mientras la agresora está pendiente de ser juzgada. El caso «ha acabado bien», añade José Miguel Fernández.

La triste historia de Rosario no es única sino un caso típico de situaciones de violencia que se están dando en el seno de las familias. «La gente mayor no se atreve a denunciar. Se ve en mujeres con muchos años de matrimonio a sus espaldas. No saben por dónde tirar y la presión social para ellas es tremenda», denuncia.



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