Sin duda, de todos los elementos materiales que componen el tesoro patrimonial de un pueblo o territorio, son los de origen industrial los que peor trato han recibido siempre. Los más abandonados tras cumplir la función para la que fueron concebidos. Los más olvidados por la gente, técnicos y políticos y, por lo tanto, los que más han sufrido el inexorable paso de los años por sus muros y tejados, desprotegidos de la persistente lluvia del Norte y de las pesadas cargas de la nieve del invierno, por no hablar de las sustracciones a que se han visto sometidos por parte del vecindario, en busca de un buen esquinal de sillería, un dintel, teja o machones de madera.
El interés público por recuperar nuestro patrimonio industrial, no obstante, está cada vez más presente en nuestros municipios. Afortunadamente, se ha tomado conciencia del valor social y cultural que atesora y también de la memoria perdida que representa todo ello. Tejeras, caleros, ferrerías, potros de herrar, lavaderos, molinos, harineras, neveras, hornos de calcinación y hornos cerámicos son algunos de los elementos que tuvieron un gran peso en un pasado reciente y que todavía se guarda vivo en la memoria de muchos de nuestros mayores, personas que arrugan la frente y ensombrecen la mirada cada vez que pasan junto a uno de estos lugares torturados por el olvido. La recuperación de estos viejos elementos de producción industrial debe hacerse no sólo por la deuda que tenemos hacia nuestros mayores sino también por el compromiso tácito que nos obliga a dejarlo -en las mejores condiciones posibles- a nuestros hijos.
Además de la recuperación y restauración de estas estructuras debe buscarse una puesta en valor de las mismas ya que, si no se reconoce su capacidad didáctica para trasmitir a las nuevas generaciones su propia funcionalidad, el sentido que en su día tuvieron, habremos trabajado en balde, y las zarzas y el abandono volverán a adueñarse del lugar.
La tejera de Zumeltza
En el último número de la revista Aunia aparece un amplio e interesante artículo sobre la teja, uno de los objetos más presentes en nuestra cultura a lo largo del tiempo, tanto por su sentido práctico como simbólico. Entre los numerosos apartados del estudio se cita la tejera de Zumeltza, un elemento del patrimonio industrial del Laudio de los siglos XVIII y XIX, con buena parte de su estructura en pie y en espera de que alguien la recupere para proseguir su andadura, ya no como productora de tejas, sino como recurso docente para mostrar lo que fue.
Zumeltza Behekoa, se dice en Aunia, era un horno de los tradicionales o árabes, con una capacidad de producción de gran volumen. Toda su estructura se encontraba exenta y no aprovechaba el desnivel del terreno para incrustarse en él, como sí hacían otras tejeras de menor capacidad. El cuadrado perfecto de su planta está formado por cuatro muros de mampostería de un metro de grosor y siete de longitud, con una altura cercana a los cuatro metros. Carece de la cubierta que en su día la resguardaba de la lluvia y que se elevaba por encima de los muros, sustentada por largos machones verticales, lo que permitía completar la carga desde la zona superior del horno.
Entender el futuro
El frente inferior de la tejera aún exhibe los dos arcos que facilitaban la entrada a la cámara de combustión, un espacio abovedado en el que se depositaba la leña. Es en esa zona donde se encendía el fuego. Estaba conectada con el piso de carga de las tejas y ladrillos mediante una solera que, a intervalos regulares, se hallaba agujereada para permitir el paso del calor de una planta a otra. Una vez cargada la tejera, se sellaba la cámara con arcilla y desechos para evitar que una entrada no deseada de aire arruinara toda la cocción y el trabajo de muchos hombres.
Faenas, trabajos y labores como ésta son las que han presidido la vida cotidiana en nuestros pueblos durante mucho tiempo. No debemos olvidar lo que fueron ni convertirlos en basureros de nuestra ignorancia. De lo contrario, no entenderemos bien para qué construimos el futuro.