Se supone que, para quitar una pena, basta con acompañarla con pan. Bien es cierto que, con hambre, el disgusto parece y es mayor, pero para aliviar una angustia probablemente lo mejor sea disponer de un hombro en el que llorar o en el que apoyarse. Está muy bien, por lo tanto, que los mecanismos garantes del imperio de la ley hayan llevado adelante el Servicio de Atención a la Víctima del Delito, una especie de hombro administrativo en el que encontrar apoyo psicológico, vías de solución, información sobre los derechos que asisten al usuario o enseñanza aprovechable sobre procedimientos legales. Y todo ello gratis total. Aplausos incondicionales a la iniciativa.
Lo único triste de esta historia es que tantos de los asuntos manejados por la oficina -340 de un total de 800- correspondan a la petición de auxilio por mujeres maltratadas por quienes más deberían quererlas. ¿Por qué los hombres somos tan cabrones? Y me incluyo en la pregunta, a mí y a todos los demás machos de la especie humana que nunca hemos pegado no ya a nuestra compañera sino a nadie, porque demasiado a menudo hacemos dejación del deber de luchar activamente contra el machismo que llevamos dentro. Todos los días deberíamos estar en guardia contra las trampas que nos tiende un ambiente que, casi siempre, menosprecia a la mujer y que cuando no lo hace es porque se trata de publicidad, donde las señoras son consideradas como posibles unidades de negocio.