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Martes, 4 de abril de 2006
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CON REMITE
Ponerse las pilas
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Supongo, o creo suponer, que a veces el sano ejemplo ajeno puede actuar como estimulador para no quedarse dormido en el limbo. Que Vitoria necesita un palacio de congresos, un auditorio y algunas cosas más es para algunos, muchos, ciudadanos una evidencia incontestable, aunque la contesten los cascarrabias de costumbre. Que son pocos y cobardes, como diría Loquillo.

Quizá el ejemplo de ciudades muy cercanas, a las que no les tiembla el pulso a la hora de planificar sus construcciones emblemáticas, sirva como revulsivo para esta capital acobardada que no se atreve a hacer nada nuevo por si acaso. Un palacio de congresos atraería gente, daría prestigio a la ciudad, despejaría la fama de anodinos que tenemos y nos haría merecedores de una estima que hay que merecer y que no se obtiene por intervención divina.

Brotarán ahora los lánguidos de siempre, los que encuentran piedras donde sólo hay cantos rodados, los que preferirían que Vitoria fuera una aldea de bolsillo con cuatro cines y un teatrillo testimonial en el que ver zarzuelas. O sacudimos este pueblo como mere-ce o nos van a conocer como la aldea perdida de los cuentos. Adelante con el proyecto del palacio de congresos, aunque más de cien se pregunten para qué sirve una cosa tan rara.



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