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Martes, 4 de abril de 2006
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Ladrillos
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Los incendios han iluminado, con esa luz trágica que los caracteriza, la intrahistoria de Bilbao en sus últimos capítulos, los del hacinamiento en los pisos patera. Con los incendios, que siempre han sido una fuerza de cambio en el paisaje urbano y una amenaza contenida en la propia actividad diaria de toda urbe, Bilbao regresa al siglo XIX por las escaleras de madera y las puertas chirriantes a las que se asoman, en bata y zapatillas (o en chándal) un tropel de vecinos de variado color buscando la salvación frente al incendio. Es asombroso que el cuerpo viviente de la villa haga su peculiar visita al pasado como si dijéramos por dentro, mientras que por fuera parece avanzar decididamente por la ancha senda del siglo XXI, que no es tan ancha, porque Bilbao está demasiado acostumbrada a ciertas estrecheces y no puede dejarlas del todo. Que no nos envidien nuestros vecinos a causa de la transformación urbana y el Guggenheim. Bilbao no tiene vocación parisina, el botxo es demasiado estrecho incluso una vez ensanchado. Era mucho para nosotros tener un parque que llegara hasta la misma orilla de la ría, y por eso nos pusieron el hotel Sheraton y otro bloque de colores muy poco bilbainos como barrera levemente hortera que amurallara el parque y no lo dejara descender hasta el agua. Hubiera sido mucho lujo para una ciudad tan escasa de suelo. Vivimos unos días en que el poder del ladrillo (y el poder corruptor del ladrillo) se ha hecho imagen viva en el incendio de Marbella, ese incendio que deja incólumes los edificios, como la bomba de neutrones, pero se extiende como un reguero de luz sobre helicópteros, chaletorros, jirafas disecadas, tigres vivos, urbanizaciones, joyas, caballos purasangre y otros aditamentos de la gran feria de las vanidades dirigida por ese niño tonto y malo que es a veces el ser humano adulto. El poder del ladrillo también va haciendo el Bilbao del siglo XXI y desbaratando la gran mejora posible para dejarla en mejora a secas, en mejora mezquina. ¿Cómo extrañarse de que, tras plantar en la ribera ese extraño y fascinante edificio-escultura, el Guggenheim, se elimine su vista desde el parque de doña Casilda? Entre el parque y el Guggenheim crece el ladrillo que da gusto. Pero tal vez un buen paisaje urbano no de dinero, mientras que el ladrillo, corrupto o incorrupto, hace fluir la pasta, aunque no la distribuya equitativamente, ya que la pasta suele concentrarse y espesarse en algunos puntos. Recuerdo ahora lo que decía el domingo en este periódico una chica que paga 225 euros al mes por su habitación en un piso bilbaíno: «Si el sueldo medio del País Vasco es de 1.800 euros al mes, hay alguien que se está quedando con nuestra parte». Las desigualdades sociales y el ladrillo tienen tendencia a crecer, como la materia orgánica.



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