La mujer en la Luna', realizada en 1929, fue la última película muda del gran director alemán Fritz Lang. Al final de esta hermosa obra se expresa la más radical metáfora de la soledad. El protagonista elige quedarse solo en la Luna -que tiene atmósfera respirable- para que sus compañeros y la mujer a la que ama y que le ama, cuyo marido es a quien realmente le ha tocado por sorteo quedarse en la Luna, puedan regresar a la Tierra; ya que en el cohete no queda oxígeno para que todos puedan volver. Pero después de que el cohete ha despegado y el protagonista se queda solo en el fantástico y desolado paisaje, a la espera de un improbable nuevo viaje de rescate, ve aparecer a su amada, que ha decidido quedarse con él, dándole así una prueba extrema de amor.
La realidad nos demuestra que hay formas de soledad equiparables a quedarse en la Luna: formar parte de la multitud y ser totalmente invisible para los individuos que la constituyen; no llamar la atención de ninguna persona, que nadie repare en tu presencia o ausencia. Que nadie te eche de menos y se pregunte por ti si desapareces.
En la habitación de una modesta pensión de la hoy marginal calle San Francisco de Bilbao -rebautizada con gracia por mi amiga Inés Intxausti como 'Negruri'-, se ha descubierto el cadáver de un hombre que había fallecido en su cama y llevaba dos meses muerto. Cada cuarto de la pensión tenía su propia llave y por lo que se ve, los que habitaban en los mismos lo hacían en condiciones de total autonomía, por llamarlo de algún modo.
El hombre era un antiguo pescador que se quedó en paro, tenía cincuenta años y vivía en ese cuarto desde hacía nada menos que quince. Nadie reparó en que no entraba ni salía de su habitación ni lo echó de menos en un bar, una tienda o cualquier otro lugar en el que solemos ser habituales. Al final, sólo el hedor de la putrefacción de su cuerpo ha sido capaz de llamar la atención de sus semejantes.
Me contaron un lóbrego chiste que en tan sólo un golpe de diálogo sintetiza toda la incomunicación y soledad en compañía que se puede encontrar en la filmografía de Antonioni o de Ingmar Bergman. Una pareja de ancianos lleva cincuenta años de convivencia, sin haberse casado. Sentado cada uno en su butaca, miran la televisión o el fuego de la chimenea o un punto en la pared y permanecen en acostumbrado silencio. De repente, él le dice a ella o ella a él: «Oye, ¿y si nos casamos?» A lo que el otro responde: «Y a estas alturas de la vida, ¿quién nos va a querer?».