-Usted es autor de una biografía de Baroja, del que este año se conmemora el 50 aniversario de su muerte. ¿Le apetece hablar de él?
-Sí, sí, por supuesto.
-Pero su literatura no se parece a la suya.
-¿Por?
-Usted dice que a Baroja no le importaba la estructura de sus novelas y que escribía con desaliño. No es su caso.
-Bueno, podríamos discutirlo mucho. Baroja es el escritor más moderno que hay en España. Es una mezcla de hombre muy culto, inteligente y serio, y de hombre muy del pueblo, inseguro de su idioma, de su identidad, de todo. Él hace de la necesidad virtud e inventa un tipo de literatura que todavía funciona. Hay novelas suyas que parecen que empiezan siete veces, como si tuvieran un arranque, y otro y otro. Realmente vertiginoso. Todo se desparrama. Puro posmodernismo. Enseña las tripas de lo que está escribiendo, igual que esos edificios que enseñan las tuberías, porque eso interesa más que el revestimiento o el angelito de la fachada.
-Un escritor a tumba abierta.
-Con momentos intolerables y otros realmente geniales. Me gustaría saber qué pensaba de sus libros. ¿Creía que estaba haciendo gran literatura? Porque Baroja no tiene un pelo de tonto. Admira a Dickens, que es uno de mis grandes ídolos, y lee a Proust y le parece un peñazo. Desde luego, no me extraña que Hemingway se declarase un heredero suyo. Su obra llega hasta Carver y el realismo sucio, todo ello mezclado con cosas como de loco.
-Su sencillez, ¿un valor?
-Sin duda. Galdós es un gran escritor, pero cada vez cuesta más leerlo. Baroja nos acostumbró al 'déjese usted de bobadas'. El único que aguanta el choque es Valle-Inclán, que se pasa por el otro lado, pero que es bueno, muy bueno. Son las dos últimas referencias de envergadura.