Vaya por delante que yo de fútbol nada, o casi. Como deportista amateur jubilada que soy, sé del esfuerzo físico, el sacrificio, el entusiasmo, la satisfacción del triunfo y las penas de la derrota, así que el fútbol, como cualquier otro deporte, me merece un respeto. Sin embargo, no sé si llamar deporte o qué a ese espectáculo de profesionales que levanta a la gente de los asientos para gritarle al árbitro y al equipo visitante, insultarse entre jugadores hasta llegar a las manos y protagonizar discusiones sin fin en los bares, como si el asuntillo del balón fuese de vital importancia para la buena marcha del mundo. Debe de ser que soy una ignorante en esto.
Mi padre sí era futbolero y tenía dos grandes amores: el Alavés y el Athletic. El primero por lo que al terruño se refería; era un romántico. El segundo porque entonces ganaba Copas, Ligas y demás. Era uno de los cuatro y el tambor que iban a Mendizorrotza, lloviese o hiciese sol, a animar, pero antes no había dinero para comprar jugadores; no existían los traspasos millonarios, los cambalaches ni los trapicheos. Tampoco existían los 'superstars' veinteañeros que juegan un partido y se lesionan cinco, cobran sueldos de ministro y tienen contratos blindados. E imagino que habría abierto los ojos como platos si llega a enterarse de que su club de toda la vida podía comprarse y venderse como un saco de patatas.
Suelo cambiar de canal de televisión cuando empiezan con el fútbol y saltarme las noticias al respecto que aparecen en los periódicos, pero de vez en cuando les echo una ojeada por eso de estar al tanto de lo que ocurre. Ya me sonaba a mí el nombre del tal Dmitry Piterman ligado al Alavés, pero no acababa de ubicarlo. «Algún jugador extranjero», pensaba, pero un amigo me ha sacado del error.
Resulta que este señor con nombre ruso, apellido alemán, originario de Ucrania y nacionalizado estadounidense compró hace unos años el Racing, luego le compró a otro el 51% del Alavés y ahora, creo, también quiere un club de por ahí. Vamos, que adquiere equipos como otros invierten en inmobiliarias o pesquerías. No me parece mal si de lo que se trata es de hacer negocios y, claro, el jefe propone y dispone, que para eso es el dueño, pero, entonces ¿a qué tanta calentura por una empresa como cualquier otra? ¿Tanta euforia cuando gana o tanto drama cuando pierde?
Claro que no sé cómo me sentiría yo después de desembolsar 100 euros por una entrada. Y nunca lo sabré porque no pienso pagar ni un céntimo para ver jugar con una pelota a los empleados del susodicho Piterman o de otro. Por ese dinero me compro cinco libros o me voy a Londres un fin de semana y al menos le saco algún provecho. Cuando quiera ver un partido, iré a uno 'amateur'. Yo, como mi padre, también soy una romántica.