Las dos semanas que han transcurrido desde la declaración de «alto el fuego permanente» por parte de ETA han sido suficientes para concluir que el alivio suscitado no se ha convertido en entusiasmo ciudadano. Las causas de esa contención emocional pueden ser dos. Por una parte, la inminencia de la tregua había sido un rumor intermitente durante meses, en los que la opinión pública se iba haciendo a la idea de que el terrorismo era ya un tema amortizado a la espera tan sólo de su definitivo final. Por la otra, el escepticismo hace mella en una ciudadanía más o menos consciente de que el cese del terrorismo no garantiza, por sí mismo, la superación de las divisiones que hasta ahora han atenazado la política vasca. Por todo ello, el optimismo adquiere la forma de una pregunta retórica que la mayoría responde positivamente. Pero en absoluto se convierte en euforia.
La contención emocional es, a la vez, el reflejo y la fuente de la cautela con la que el nuevo tiempo parece gestionarse desde la política. De forma que pueden coincidir el enfriamiento inevitable de un proceso que se presume prolongado y el enfriamiento políticamente intencionado. Especialmente el de un gobierno paciente que antes del alto el fuego sabía que mientras ETA no asesinara el tiempo corría a favor de su optimismo, y hoy sabe que debe aplicar cierta contención al proceso. Pero lo significativo del momento es que, a diferencia de los primeros pronunciamientos, de una manera u otra todas las formaciones políticas se inclinan hacia la ralentización de la agenda de paz. Incluso el lehendakari Ibarretxe se muestra menos impaciente.
La aproximación al momento de la verdad retrae a los actores políticos. Tanto que hasta los mejor colocados -el PSOE y la izquierda abertzale- sienten el vértigo del día después. Pero junto al juego de sensaciones y de actitudes que se suscita en coyunturas tan cruciales, comienzan a entreverse las dificultades de más largo alcance. Si la mesa de partidos podrá formalizarse sólo «cuando existan garantías que permitan avanzar en el acuerdo» no será fácil obtener esas garantías previas de entendimiento cuando, ya en período pre-electoral, los partidos se apresten a subrayar las diferencias alejándose de las coincidencias.
Además, probablemente, el enfriamiento ambiental contribuirá al distanciamiento mutuo. No es fácil que se den garantías de acuerdo en puertas del enésimo intento de reajuste en el espacio nacionalista y de la primera oportunidad que el PP va a tener de medirse con Rodríguez Zapatero. Y más difícil será ponerse de acuerdo tras los comicios, siempre a expensas del laberíntico puzzle en el que, con toda seguridad, se convertirá la gobernación de ayuntamientos y diputaciones.
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